EL SECRETARIO

miércoles, 18 de agosto de 2010 00:00
miércoles, 18 de agosto de 2010 00:00

Después de un tiempo prolongado, acompañado de silencios no menos prolongados, por espacio de algunas horas regresó a la provincia Luis Barrionuevo. Ni siquiera llegó a la Capital, sino que hizo un pasaje rasante por la ciudad de Recreo, donde repitió el discurso de los últimos años, referido a sus anhelos de que haya unidad en el peronismo, a la necesidad de realizar internas y duras referencias para el kirchnerismo. En realidad este tipo de expresiones, vacías de contenido y de ejecución muy dudosa, son un calco de otras que están en boca de la mayoría de los dirigentes peronistas y que, pareciera, sirven solamente para dejar pasar el tiempo y esperar el momento oportuno para dar tal o cual golpe.

 

Nadie en su sano juicio puede discutir la incidencia que tiene Barrionuevo en el peronismo. De hecho es el jefe natural del PJ y quien, oportunamente, dispuso que el conductor formal sea Daniel Barros.
Pero tampoco se puede discutir que la dirigencia que le responde se reduce a cuatro o cinco dirigentes, lo que acota sus posibilidades, limitadas desde el vamos por lo que indican las encuestas.
Pero el aguerrido dirigente gastronómico no se amilana ante nada, ni siquiera ante el hecho de haber perdido el ciento por ciento de las elecciones entre partidos en que le tocó discutir un cargo.

 

Para ser más precisos. Barrionuevo no está bien en la provincia, pero ata su suerte al proyecto nacional que encarna el ex presidente Eduardo Duhalde, y que se orienta a disputarle todos y cada uno de los espacios al también ex presidente Néstor Kirchner.
Allí pone todas sus energías y promete un triunfo que le haga cambiar la imagen que actualmente tiene en su provincia natal. Partida ciertamente difícil, pero no imposible.

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