Recuerdos no lejanos

jueves, 15 de octubre de 2015 00:00
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Tema excluyente

Si bien es cierto que María Soledad murió en septiembre de 1990, la gran ebullición del caso se produjo en los meses subsiguientes, octubre y noviembre. Todo giraba en Catamarca, y en el resto del país, alrededor de este hecho que apasionaba y que, con los juicios, se iba a terminar convirtiendo en una telenovela de los mayores enredos.

Si uno repasa los diarios de la época, con claridad, podrá apreciar cómo se iba gestando lo que bien puede considerarse el mayor escándalo político de la historia de Catamarca. Decenas y decenas de personas escribían poemas y glosas para la niña muerta, a la par que abundaban las exhortaciones reclamando justicia. También muchos abogados se pronunciaban, entre ellos José Alberto Furque, que escribía una columna titulada “La fuerza moral del silencio”.

Mientras tanto, el exdiputado provincial Miguel Ángel Marcolli agigantaba su figura y permanecía a la par de la familia Morales, al mismo tiempo que aparecía en escena la abogada Lila Zafe que, antes que nada, atacó al entonces flamante jefe de Policía, Miguel Ángel Dabhar, indicando que lo había denunciado por falsedad ideológica. Inmediatamente surgió la desmentida. Dabhar decía que se trataba de un hecho ocurrido nueve años atrás, cuando era secretario del juzgado, y que él presentó todas las pruebas, en tanto la denunciante jamás había instado la causa, lo que, se comprobó, era verdaderamente cierto.

El 11 de octubre, día jueves, se llevaba a cabo la quinta marcha del silencio que reunía a una muchedumbre impresionante en la que se mezclaban todas las clases sociales. Fueron más de 20.000 almas las que, en alguna medida, obligaron a la aparición de un documento firmado por el bloque de diputados justicialistas que aseguraba “no habrá impunidad para nadie”.

El día 12 del mismo mes, como un reguero de pólvora, corrió la versión de que Guillermo Luque, voluntariamente, se habría presentado ante la Justicia dando detalles del crimen. Semejante noticia acaparó toda la atención y, por lo tanto, obligó a una desmentida. Quien finalmente iba a ser condenado, en realidad, no se había presentado y, por el contrario, ratificaba su inocencia y ajenidad del hecho.

Veinticuatro horas más tarde hacía sus primeras declaraciones Luis Tula. Sintéticamente expresaba “ya es hora que se comience a lavar mi prestigio, para lo cual pido a los medios de comunicación la colaboración que creo merecer”, a lo que añadía “sinceramente no me encuentro en condiciones de hablar”.

Allí no terminaban las cosas de aquellos días. El padre Fermín Carrizo, párroco de San Isidro (Valle Viejo), salía a desmentir el haber confesado al asesino, mientras se sustanciaba el primer falso testimonio para el ciudadano Eugenio Botcher, quien había dicho que María Soledad estuvo en el boliche Clivus y, a las horas, lo desmintió. Lo último. Miguel Marcolli señalaba “no estoy loco”, aunque, honestamente, todo era una locura a la que, con el paso de los años, se la aprecia mejor.

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