33 de mano

miércoles, 12 de diciembre de 2018 00:00
miércoles, 12 de diciembre de 2018 00:00

Hace una semana estuvimos conociendo a Lorenza Sola, Lorenza la última diaguita o Lorenza del cerro, según como la quiera identificar la gente. “Lorenza ya no está tan sola” fue el título de la entrevista, en virtud que vimos un grupo de gente a su lado dispuesta a ayudarla en todos los menesteres en los cuales ocuparía su tiempo Anita Lorenza Mamaní en esta Capital. Hace una semana ya extrañaba su lugar de residencia allá en medio de la montaña donde comparte la soledad con sus llamas y los pájaros del lugar. Su regreso a la vida entre los cerros en Río Grande, donde para llegar hay que recorrer 15 kilómetros a lomo de mula, estaba previsto para el jueves pasado. No pudo ser porque se  programó de manera inesperada una intervención médica para el sábado, en la necesidad de cambiarle el marcapaso. Hasta ayer, momentos en que escribimos estas líneas, el organismo que atiende la jubilación de Lorenza todavía no había aportado el aparato que la anciana de los noventa y tantos años necesita para ayudar a su corazón. Allegados a su círculo más íntimo nos dijeron “estamos esperando que el PAMI nos consiga el marcapaso, Lorenza se opere, hacer el pos operatorio y emprender el regreso al cerro.” Cómo explicarle a Lorenza que ella también había caído en la telaraña de la burocracia. Que aquí, en la Capital,  no todo está al alcance de la mano, que hay que tener mucha paciencia y que pese a todos los avances de la tecnología y la comunicación, las cosas no se consiguen en un abrir y cerrar de ojos. Y que conseguir remedios y prótesis a través de las obras sociales implica esperar. ¿Cuánto? Depende: a veces mucho, a veces poco, a veces meses.  El tema es que Lorenza no puede esperar.

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 Lorenza necesita volver urgente a su mundo, a su espacio, a ese lugar que comparte con Tatita Dios y la Pachamama. Porque ese es su mundo. Allí es donde realmente siente que vive, que respira el aire de la naturaleza, donde la contaminación, por suerte, todavía no puede instalarse. Lorenza está entre nosotros y decíamos que enhorabuena hay comprovincianos que la quieren y la protegen. Es más: se está organizando un viaje para el mes de mayo para visitarla en el cerro. Pero Lorenza necesita más. Necesita tener, en sus casi cien años, algo más que una visita de vez en cuando. Necesita una atención integral como la puede tiene cualquier abuela catamarqueña. Sabemos que es difícil sacarla de donde vive, porque ella eligió que ese sea su mundo y esa su vida. Pero no caigamos en el error de mirar a Lorenza únicamente con los ojos de la curiosidad, porque Lorenza no es ningún objeto curioso. Es de carne y hueso. Es un maravilloso ser humano. Es una digna representante de nuestros pueblos originarios. Tiene el color y el idioma de nuestra cultura ancestral. Tiene sabiduría en sus manos rugosas y suaves a la vez. No dejemos que la telaraña de la burocracia le haga daño a Lorenza. Le allanemos el camino para que pueda volver cuanto antes a ese lugar que extraña y ama. Su lugar. Para que siga echando sus bendiciones. Es posible poner un granito de arena para que, entre todos, aportemos a honrar la honrada vida de Lorenza. Ojalá aparezca pronto el aparato para Lorenza. Las únicas influencias que tiene la anciana son Tatita Dios y la Pachamama. El cielo y la tierra pueden hacer el milagro. El corazón de Lorenza no puede esperar. No puede ser víctima de la maldita telaraña de la burocracia.
 

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