El Secretario

viernes, 14 de diciembre de 2018 00:00
viernes, 14 de diciembre de 2018 00:00

Cada dirigente y sector político hacen lecturas sesgadas de la realidad, ponderando lógicamente los logros propios y subrayando los tropiezos ajenos, según la vereda en que se encuentren parados. En Catamarca los discursos entre oficialistas y opositores son simétricos, con la única diferencia de que las miradas críticas apuntan a Casa Rosada o la Casa de Gobierno, de acuerdo con la identificación partidaria. De este modo, los partidarios de Cambiemos valoran las medidas del macrismo y hacen suyos los slogans esperanzadores, mientras los justicialistas ponen énfasis en la forma en que Catamarca sobrevivió a un año caracterizado por la recesión y el ajuste. En verdad, ni unos ni otros guardan demasiado espacio para la autocrítica y en cada declaración subyace el lógico interés por un escenario preelectoral que ya se palpita, y concentra casi toda la expectativa de quienes aspiran a competir por un cargo electivo en 2019.
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A buena distancia de tantas especulaciones, el panorama despojado de colores políticos muestra como certeza que para la mayoría de los trabajadores se viene un fin de año complicado, donde la carga de deudas y el arrastre de compromisos se imponen por encima de los tradicionales ánimos festivos. Esta situación emerge claramente cuando se observan los números, en un 2018 en que el piso de negociaciones para mejoras salariales fue del 17,5 por ciento y los precios, incluyendo algunos tarifazos salvajes, ya escalaron casi al 50 por ciento.
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La aritmética no exige demasiados esfuerzos para comprender que el poder adquisitivo cae en picada y los salarios son, en casi todos los hogares, insuficientes. La inflación en noviembre fue del 3,2 por ciento, alcanzó el 43,9 por ciento desde diciembre y un 48,5 por ciento en los últimos doce meses: son datos oficiales del Indec. De este modo, la marcha de los precios quedó al borde de un 50 por ciento anual, el mayor número desde 1991, cuando terminaba el proceso hiperinflacionario. El derrumbe del consumo ya no es materia opinable y, como tal, repercute en el denominado “humor social” y en cada aspecto de la vida cotidiana. El político que no sepa leer esta situación desperdiciará cada moneda que gaste en asesores de campaña. Porque la gente enfrenta una realidad distinta a la que se vive en ámbitos partidarios.
 

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