Visita al yacimiento de oro y plata ubicado en Belén

Farallón Negro: una mina de escala humana

lunes, 26 de agosto de 2019 00:00
lunes, 26 de agosto de 2019 00:00

Aquí se trabaja.
Casi quinientas personas cumplen diariamente, durante todo el año y con los rigores de las alturas belichas como marco, una rutina productiva desconocida por la mayoría. Aquí se trabaja: sin pausa se horada la montaña, en un laberinto de túneles excavado durante décadas, para conseguir oro y plata.


Para quien nunca visitó esta remota porción de la provincia, como es el caso del cronista, Farallón Negro sorprende por su despliegue de infraestructura y actividad humana en medio de la nada. Sorprende la logística, la organización, la coordinación entre hombres y mujeres que deben colaborar, sí o sí, para que la maquinaria funcione. Con una escala mucho menor a la de Alumbrera -que se ubica cerro de por medio- y de otros emprendimientos a cielo abierto, el yacimiento que opera la empresa YMAD logra algo fundamental en los tiempos que corren: sostener fuentes laborales en una zona que no se caracteriza precisamente por ofrecer oportunidades más allá de la finca o del puesto municipal.


- Esta mina tiene algo que la distingue: uno se puede jubilar acá. Y, normalmente, hay padres, hijos y sobrinos trabajando, por lo que son verdaderas familias mineras. No es algo habitual en el rubro- explica con cierto orgullo uno de los responsables de seguridad del predio, mientras sortea, al mando de una 4x4, la escarpada geografía para que el fotógrafo de El Esquiú.com obtenga una mejor panorámica del complejo.


De seguridad habla sin cansancio este hombre oriundo de la ciudad de Belén: de la importancia de contar con todo el equipamiento para ingresar al socavón; de los rigurosos protocolos de trabajo; de la cantidad de días sin accidentes; de las capacitaciones permanentes que reciben los obreros, unas 45 al mes, además de la charla con la que arranca cada jornada laboral.


Una impronta que ya se percibe en el puesto de control ubicado al ingreso del complejo, en donde se inspeccionan prolijamente los vehículos y se “cachea” a los recién llegados en busca de cualquier elemento prohibido, empezando por el alcohol. Es que en Farallón Negro rige la ley seca.



Aprobado el ingreso, hay que pasar por la “inducción”, que consiste en una explicación sobre cómo conducirse para no tener inconvenientes. Dependiendo de lo que se permanezca es la duración del “curso”. El visitante debe munirse entonces de los pertrechos obligatorios: casco, anteojos, chaleco, botas con punta de metal. Si se necesita entrar a los túneles, se agrega un cinto especial, barbijo, la tradicional lámpara de los mineros y un “autorescatador”, dispositivo con forma de cantimplora que sirve para la provisión de oxígeno en caso de emergencia.

Presente y pasado

Actualmente el complejo es un conglomerado de instalaciones “industriales” y “civiles”, incluyendo los pabellones dormitorios que se esparcen sobre las rústicas lomadas de Belén. Hay una escuelita, hospital, iglesia, talleres varios, gimnasio, canchas de fútbol, básquet y pádel; un gran salón en donde los obreros reciben las cuatro comidas diarias y hasta una despensa para conseguir provisiones. Hay telefonía celular e internet de alta velocidad, de manera que se puede estar en permanente contacto con el mundo.


No siempre fue así, por supuesto. La historia dice que descubierto el enorme potencial minero de la región conocida como Agua de Dionisio, se creó la empresa YMAD –que conforman el Estado Nacional, la Universidad de Tucumán y la Provincia de Catamarca- para explorar y explotar el distrito Farallón Negro. Eso fue en 1958 y, en sus orígenes y durante un buen tiempo, la actividad fue rudimentaria. Jorge David Rasjido conoce de eso. Es uno de los empleados más antiguos en funciones. Debutó en mayo de 1976 y Farallón lo recibió “con medio metro de nieve”, recuerda. También de la cabecera departamental, se había ido a estudiar a Córdoba y lo llamaron para un trabajo contable por pocos meses. Nunca más dejó la montaña. Próximo al retiro, cuenta cómo fue cambiando la cosa.


“Llegué en momentos en que todo estaba en formación. Había un campamento con viviendas familiares cerca de la bocamina. No existían obras de infraestructura, que se fueron levantando con el tiempo. Recién en 1978 comenzó la producción de metales finos. En ese momento no llegaban a 200 las personas que trabajaban acá. El incremento de la producción significó más empleados y de ahí el proyecto comenzó a prosperar”, dice.


Rasjido desempolva algunos hitos. La inauguración de la planta de refinación en la Capital, que permitió conseguir lingotes cuya calidad era reconocida a nivel internacional, es uno de ellos. También la progresiva incorporación de tecnología. “Al principio el trabajo era muy esforzado. El minero realizaba su tarea con poco más que ‘pico y pala’. La extracción del mineral era ‘a pulso’ y, como cualquiera imagina, los accidentes eran frecuentes. Ahora los protocolos de seguridad son rígidos, hay capacitaciones todo el tiempo y las máquinas colaboran mucho”, agrega.


En su momento de apogeo, el emprendimiento llegó a contar con 800 personas que vivían en forma permanente. Esto obligó –y sigue obligando- a implementar una cuidadosa planificación de suministro de recursos: desde agua hasta alimentos, pasando por combustible, energía eléctrica, repuestos para los equipos. Y, claro está, un aceitado sistema de transporte que lleva y trae insumos y operarios y exporta el material precioso que permite la subsistencia del proyecto minero.


El yacimiento tuvo épocas brillantes y otras para el olvido. Hubo momentos de crisis y  ajustes. Hubo caída de producción, variaciones en el precio de los metales que obligaron a trabajar más para mantener el ingreso. Se tomaron decisiones empresarias como el cierre de la planta capitalina, dos años atrás, para concentrarse en el “bullion”, lingote en bruto de oro, plata y fundentes que es el producto final de Farallón Negro. Las mujeres tuvieron su oportunidad de ingresar, especialmente en cargos técnicos. Las familias fueron dejando el antiguo poblado. El complejo fue mutando a un lugar exclusivo de producción. No obstante, aún hay empleados que nacieron y se criaron allí, que tienen un profundo sentido de pertenencia. La mina es su lugar en el mundo: les permite vivir a la vez que les evita el desarraigo.

Los trabajos y los días

El grueso de los trabajadores es de Catamarca (unos 394, el 80 por ciento), lo cual habla del impacto del proyecto en materia laboral en una zona con muchas necesidades. De Belén, Andalgalá, Tinogasta y Santa María son la mayoría, pero también hay representantes de varias provincias y hasta un peruano. El régimen laboral es de doce horas diarias y “siete por siete” para los obreros del área productiva. Siete días viven en el complejo y los otros siete están en su casa. Los salarios son de convenio: arrancan, en la inmensa mayoría de los casos, en unos 40 mil pesos.


- Para un chico que ingresa, digamos, a los 19 o 20 años, es una buena oportunidad. Mientras están acá tienen todos los gastos pagos: comida, alojamiento, hasta la ropa lavada. Los llevan y los traen de su casa. Si viven con sus padres, en un par de años pueden hacer una diferencia. En ningún otro lado van a cobrar lo que cobran acá porque nuestros sueldos son superiores a los de un empleado de la provincia y no digamos de un municipal del interior- evalúa Néstor Chayle, algo más de 30, oriundo de Hualfín, en donde vive con su mujer e hijos y, en los días libres, ayuda en la finca familiar.


Chayle está vestido con todo el equipamiento de rigor. Tiene un handy que suena a cada rato y rastros evidentes en piel y ropa de haber estado “adentro”, en las duras faenas que implican voladuras y perforaciones. Habla de flamantes métodos de trabajo. Usa palabras como “eficiencia”, “rendimiento” y “ahorro de acero”. Es de la nueva generación de mineros. La que recurre a maquinaria controlada a distancia para las tareas pesadas en el interior de la mina, con menos riesgo y esfuerzo. “Los viejos eran ‘forzudos’ porque hacían todo a mano. Perforaban con equipos neumáticos que había que cargarlos. Nosotros estamos más rellenitos como se puede ver (se toca la panza)”, dice, y sonríe. 


Los empleados ponderan la comida. El día de la visita están dando milanesas con puré en el almuerzo, sopa, fruta y una tartita de postre: hay que recargar energías. Los domingos es el asado de rigor “con carne buena”, aclara alguien. De a tandas van llegando a comer. Se lavan en los baños ubicados en el ingreso del salón, hacen fila con su bandeja y luego charlan animadamente, ya en las mesas. Hay verdadero clima de camaradería. Son muchos pero todos se conocen. Es uno de los momentos de relax esperados antes de volver al trabajo.

Inmersión

La recorrida incluye un obligado ingreso a la mina. Como se espera, hay una breve charla preparatoria. El guía ayuda a los neófitos a instalar la lámpara en el casco y advierte sobre cómo utilizar el “autorescatador”.


- Usamos un medidor de gases en el interior. Si hay un problema y se da la alarma, ustedes tiran de acá, sacan los tubitos y tienen media hora de oxígeno, suficiente para salir a la superficie- dice para tranquilizar.


La incursión a las profundidades de la montaña precisa de una autorización como si fuera un avión a punto de despegar. Apenas se atraviesa el hueco, que recuerda a los túneles de La Merced, la camioneta se conduce en declive suave pero firme. La oscuridad es total. A los costados corren los ductos que llevan los servicios que se necesitan allá abajo, a varios cientos de metros. La idea es tener un panorama de las entrañas de la tierra, así que el recorrido es breve. La parada es en uno de los “bolsillos de servicio” del túnel que sirven para almacenar elementos de trabajo y maniobrar los vehículos. El recinto tiene unos tornillos incrustados en la bóveda y una malla metálica. “En un sistema para asegurar el techo tras la voladura. La ubicación de los pernos parece al azar, pero está perfectamente calculada por ingenieros y geólogos”, aclara el guía. A cada rato pasan camiones llevando el material extraído que luego se procesa en la planta de arriba, máquinas viales, combis con obreros o personal técnico y de apoyo. Complicadas maniobras se precisan para la circulación en uno y otro sentido: los choferes saben lo que hacen.


De regreso a la superficie, la luz del sol supone alivio. Antes de la partida hay que devolver el equipo, operación que se registra minuciosamente. Falta un par de horas para el fin de la jornada laboral y el descanso de los obreros. El personal de seguridad revisa una vez más. Mientras desandamos el camino hacia la ruta 40, el paisaje retoma su naturaleza pura y agreste. Nada que ver con el portento industrial enclavado en la montaña que acabamos de dejar. Un proyecto que busca reinventarse y, por sobre todo, seguir siendo sustentable para la gente que le da vida.

Texto: Gustavo Figueroa
Fotos: Fabián González y
Archivo YMAD
 

67%
Satisfacción
8%
Esperanza
19%
Bronca
0%
Tristeza
2%
Incertidumbre
2%
Indiferencia

Comentarios

26/08/2019 | 10:13
#1
años extrayendo, y NADA PARA LA PROVINCIA, todas las riquezas, millones y millones, afuera...y le untan el bolsillo a los gobernantes de turno...la minería es un robo.
26/08/2019 | 08:39
#0
Una mina que es una incognita para la provincia y sus habitantes de saber donde va a parar su producto final que es el oro y la plata y nunca ningun gobernador le dijo al pueblo quien administra el recurso final de la mina Farallon Negro

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