Desde la bancada periodística

El “largo camino” hacia el 27 de octubre

sábado, 31 de agosto de 2019 00:48
sábado, 31 de agosto de 2019 00:48

Desde el histórico triunfo que lo catapultó a la presidencia, aquel del 22 de noviembre de 2015, Mauricio Macri y su entorno jamás imaginaron un destino como el que les toca vivir estos días.


Cuando todavía no se han cumplido cuatro años de aquel acontecimiento, los cálculos de algarabía y emoción desbordada, en medio de cánticos y globos festivos, parecen destruirse por fuerza de la realidad.


Se pensaba hacer uso, todos recordarán, de la única reelección que establece la Constitución Nacional para que, sin problemas, el presidente completara ocho años de gestión. También había planes de recambio para después de 2023. En esa instancia ya se anotaban otros vencedores de la misma epopeya. Sobresalían los nombres de Horacio Rodríguez Larreta o María Eugenia Vidal quien, nada menos, acababa de conquistar la provincia de Buenos Aires.


El peronismo, la fuerza política de influencia excluyente en los últimos 70 años de la Argentina, languidecía al influjo de la caída de su última líder, Cristina Fernández de Kirchner.


Todo parecía terminado. Hasta había dudas de supervivencia, lo que ya es mucho decir en un país donde la impronta popular está marcada por trazos indelebles.

La economía y algo más
Aquel presente de ensueños, cuando todavía no se han cumplido los cuatro años del único mandato que tendría Macri, hoy no existe más. Tampoco las voces apocalípticas sobre el peronismo tienen vigencia.


¿A qué se debe el nuevo escenario que sacudió al país entero el pasado 11 de agosto cuando el peronismo, con excepción de Córdoba y la ciudad de Buenos Aires, arrasó en las urnas?


La primera y unánime respuesta tiene que ver con la economía en sus distintas formas. En forma de pobreza creciente, en forma de desocupación, en forma de inflación sin control, en forma de salarios devaluados, en forma de incertidumbres y miedos de la gente, especialmente aquella que se inscribe en lo que llamamos clase media.


En medio de estas angustias, sin embargo, existen otros elementos que permiten explicar el voto de los argentinos bajo el sino de la tragedia social.


Fue la forma de hacer política de quienes llegaron al poder prometiendo cambiar hábitos culturales que, con buenas razones, veían como ataques a la existencia misma de la democracia.


Aquellas voces que hablaban de la independencia de poderes, de una Justicia independiente, del correcto funcionamiento de los organismos de control, de la publicidad de los actos de gobierno, de licitaciones transparentes de cara a la sociedad y de otro ramillete de promesas quedaron en eso. Vanas promesas. Las mismas de siempre, ni siquiera perfeccionadas. Peor todavía. Agravadas por mentiras permanentes, siguiendo libretos que parten del concepto que el ciudadano es una cosa y no un sujeto pensante.


Mucho más temprano que tarde, lejos de los “ocho años iniciales” y “los que venían después”, estas metodologías creadas en los altares del marketing tuvieron respuesta. El “bombazo” en la cara del 11 de agosto, en realidad, solamente fue sorpresa por la extraordinaria diferencia, pero convengamos que flotaba en el ambiente las ganas de castigar a quienes mintieron y, según el decir del funcionario Hernán Lombardi, “le metieron la mano en el bolsillo” a la gente común.

El principio del fin
Quienes todavía no pueden entender el resultado de las PASO, o se resisten a hacerlo, pensaron que teniendo en frente a una demonizada Cristina Fernández de Kirchner, todo era posible. Los resultados certifican un diagnóstico equivocado y una visión miope de los acontecimientos.


El 29 de diciembre de 2017, cuando todavía permanecían en el aire los efluvios del triunfo amarillo de medio término, llegó la primera señal de peligro. Ese día, a millones de jubilados, le bajaron el sueldo a través de un engañoso mecanismo que cambiaba la fórmula que, desde hacía varios años, aseguraba a los adultos mayores réditos por sobre cualquier registro de inflación.


Bajar el sueldo en la Argentina suele ser letal. Sucedió con la Alianza UCR-FREPASO que terminó en la tragedia 2001. Aquella vez, en comunicación de la exministro de Trabajo y actual ministro de Seguridad, Patricia Bullrich, se anunció una deducción del 13% para jubilados y agentes estatales. Nadie se bancó la “bolsisqueada” y, a los meses, cayó el gobierno del “bueno” Fernando de la Rúa.


Después del golpe a los jubilados, en jugadas que poco comprendieron, siguieron devaluaciones de la moneda argentina que, en “tucumano o santiagueño básico”, significaron nuevas bajas del salario. Esta vez por quitar el poder de compra. Así las cosas, después de tener los mejores ingresos de Latinoamérica en 2015, los trabajadores argentinos de todo nivel pasaron a cobrar migajas. Tanto que, ahora, ocupan el último puesto. Ni hablar de los jubilados, que quedaron con un virtual “subsidio a la indigencia”.


Con este escenario de terror amaneció 2019, mientras los poderosos seguían “timbeando” en las mesas de dinero que, para la especulación, creó el mismo gobierno.


A nadie extrañó, entonces, que la gran mayoría de las provincias, para escapar a cualquier contacto con el gobierno central, buscaran desdoblar sus elecciones y no hacerlas coincidir con las nacionales de octubre. Hasta las del PRO fueron a ese esquema en los primeros siete meses del año. Feudos considerados imbatibles como Capital Federal o Buenos Aires intentaron hacerlo, pero no fueron autorizados por la Casa Rosada.


El balance de las provinciales, demasiado visible, fue otra señal de la debacle. En cada una de las caídas, entre las cuales se anotaron la pérdida de varias capitales (Córdoba, Paraná, Santa Rosa, Neuquén, San Miguel de Tucumán o San Luis), siempre se dijo lo mismo. Que una presidencial era una cosa distinta y, con el aura de María Eugenia Vidal o Rodríguez Larreta, más la antikirchnerista Córdoba, la continuidad en el poder estaba asegurada. Craso error.


El voto oculto para castigar a quienes habían castigado con políticas de hambre, que escapó a todas las encuestas, esperó pacientemente la fecha para dar su zarpazo. Más que eso, fue un mazazo en la nuca que sumió en la incertidumbre a toda la Nación.

Tembladeral institucional
Si el resultado de una primaria, por catastrófico que haya sido, puede provocar el tembladeral institucional que vivimos esta semana, quiere decir que como país estamos muy mal. En cualquier otro que sea normal, un resultado electoral no es más que eso. Aquí no. Tanto que caminar la campaña electoral hasta el 27 de octubre, la fecha de las elecciones que valen, puede resultar un calvario. O, medida como tiempo, una eternidad. Cómo no dudar si el perdedor de las elecciones culpó de los males argentinos a la oposición por el hecho de haber ganado. ¡Subrealismo total!


¿Y por Catamarca cómo andamos? Con menos escenas dramáticas, pero con las mismas incertidumbres que trasmiten los centros del poder. El oficialismo, con el triunfo en el bolsillo, va a trabajar para mantener las amplias ventajas del 11A y la oposición, increíblemente aferrada a la sinuosa conducción nacional, apelando a épicas del pasado, tratará de alumbrar el milagro de cambiar los resultados o, por lo menos, hacerlos más decorosos. Difícil es. Mucho más si los intendentes anuncian que van a esconder a los Macri, los Peña o los Carrió y, por el otro lado, los candidatos visibles de la oferta electoral, acompañados del jefe estratégico, posan sonrientes para la posteridad en los jardines de Olivos.

El Esquiú
 

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