Desde la bancada periodística

Sobre mecanismos del éxito electoral

sábado, 14 de septiembre de 2019 00:52
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Abordamos este sábado una cuestión eminentemente política aunque, de alguna forma, esté alejada de la presente coyuntura electoral.


El repaso de la historia en tiempos democráticos refleja, con meridiana claridad, que el electorado tiende a favorecer a los postulantes que observan moderación en el discurso y, antes que posiciones absolutistas o mesiánicas, buscan los consensos y las salidas negociadas para los distintos problemas.


Los que apelan a estudios costosos de consultoras o expertos en diagnósticos, deberían comprender que resulta más barato perfilar como candidatos a quienes, alejados de la soberbia, las excentricidades o la mentira, se presentan auténticos, sinceros y dispuestos a contribuir al bien común


La secuencia de Catamarca de los últimos 35 años, claramente, refleja la escala de valores de la sociedad, lo que también puede extenderse al ámbito nacional. Aun así, hay quienes no aprendieron o no aprenden de las cosas simples.

Del reinado saadista a Corpacci-Jalil
En la década del 80 es cuando aparecen los primeros síntomas de que la prudencia puede más que los arrebatos, que la bonhomía compite mejor que la irritación o que el discurso de paz se impone a cualquier expresión de beligerancia.
El primer gobernador de la democracia, en 1983, fue el entonces joven Ramón Saadi. Presentado como un hombre bueno, sensible con los más necesitados y comprensivo con los factores de poder, no solo ganó la primera elección, sino que apabulló en las siguientes. 


En su transitar como mandatario, espontáneamente, desde la oposición, surgió una figura en la que muchos depositaron confianza para desbancarlo. Nos referimos al abogado José Furque, entonces diputado nacional, acérrimo crítico de la dictadura militar e indiscutido conocedor de las leyes. 


Fue el primero que, acusando la existencia de un crudo nepotismo, pidió la intervención de la provincia al Congreso de la Nación. Corría el año 1985 y ya se palpitaba el duelo por la gobernación. Ocurriría tres años más tarde y, sin levantar el tono, Saadi lo venció en las urnas por amplia diferencia.


Después de esta victoria, parecía que el saadismo tendría vida eterna. Fue cuando cambió Ramón Saadi, ya solo y sin su padre actuando y apuntalando detrás de bambalinas. Desafió a Carlos Menem y endureció su discurso cuando el Caso Morales cobró contornos políticos. Fue el principio del fin.


Arnoldo Castillo, aun cargando con el sambenito de haber colaborado con la dictadura, proclamando la paz y la concordia entre los catamarqueños, resolvió enfrentarlo. Los resultados no pudieron ser más elocuentes. Le ganó en 1991, 1995 y, con su proyección, también en 1999. El peronismo lugareño, por otra parte, tendió a desaparecer y, recién en 2011, despertaría de su atomización y largo trajinar de frustraciones.


Para que el milagro del regreso pudiera materializarse no resultó necesario ni el ya viejo Saadi de 1983 ni el ascendente Luis Barrionuevo de 2003. 


Fue Lucía Corpacci, mujer ella, la que hizo trastabillar al poder provincial que prometía “20 años más de Frente Cívico”. Sin trayectoria política conocida, y solamente acompañada por el kirchnerismo nacional, pudo superar las diferencias internas y con el discurso de paz y comprensión convenció a la mayoría de los catamarqueños. Jamás, en casi ocho años como gobernadora, se la escuchó agredir a un adversario, ni siquiera en los casos que resultaba ofendida, casi gratuitamente, por los abanderados de la discordia.


Tan efectiva fue su forma de ser que, hasta nuestros días, cuesta muchísimo atacarla políticamente. Por el mismo camino y con métodos parecidos, durante los mismos años, transitó Raúl Jalil, quien pretende sucederla en el máximo cargo provincial.

El fenómeno Brizuela del Moral
A la par de don Arnoldo Castillo, en los tiempos que se desmoronó el saadismo de trincheras y barricadas, emergió la figura de Eduardo Brizuela del Moral. Venía de ejercer el rectorado de la UNCa. y asumió como intendente de la Capital en 1991.
Desde un principio, levantó el discurso de la paz y hasta lo consolidó con sus silencios sobre las cuestiones más calientes que se discutían en la provincia. Los resultados fueron inmejorables. Su imagen voló hasta niveles que, por su cuenta, lo ponían por encima del castillismo y de las brasas del saadismo, todavía no extinguidas.


Así llegó al gobierno y, como Corpacci ahora, costaba muchísimo “pegarle” o achacarle cargos por desatinos evidentes de sus funcionarios. Hasta llegaron a colocarle el mote de invencible, y los fundamentos lo avalaban. Pero, posiblemente, los malos consejos y los artífices del marketing, lo confundieron. Modificó su mensaje de concordancia por otro sorpresivamente agresivo. Fue cuando perdió, tanto en 2011 como en 2015, a pesar de lo cual mantiene actualmente la mejor intención de voto dentro de la UCR. A esto hay que agregarle que, en su espacio partidario, nadie parece tener el discurso de otros tiempos que, a las pruebas nos remitimos, es el que funciona.

Los ejemplos nacionales
Si quedan dudas de la importancia del discurso racional y de respeto al contrincante, no hay más que remitirse a los acontecimientos nacionales de estos años. 


Mauricio Macri ganó con las promesas de unir a la sociedad y respetar la opinión ajena. No solamente incumplió, sino que en los últimos tiempos se mostró irascible y francamente agresivo, logrando los resultados negativos que se conocen.


En la misma escala, la provincia de Buenos Aires es un gran ejemplo. En 2015, un petulante Aníbal Fernández parecía llevarse por delante a un muchacha calladita y hasta ese momento desconocida. María Eugenia Vidal –de ella hablamos- terminó logrando la adhesión mayor de la gente.


Ahora, para usar una expresión popular, se dio vuelta la tortilla. La ascendente gobernadora, a contramano de la historia, emitió agresiones (marxista, kirchnerista, camporista, etc) contra un candidato opositor, Axel KiIcillof, que desarrolló toda su campaña sin tenerla en cuenta o responderle. Los resultados, parciales hasta ahora, están a la vista.


Más allá de campañas sucias o limpias, más allá de personajes de violencia y xenofobia como D’Elía, Guillermo Moreno, la diputada Carrió o el mismísimo Miguel Pichetto, queda finalmente analizar el valor de las derrotas, que nunca significan el fin de los tiempos.


Grandes y reconocidos analistas mundiales suelen decir, con razón, que enseñan más que las victorias. Es que los vencedores, en la mayor parte de los casos, llegan a la conclusión que ellos mismos y su visión de las cosas son las correctas, por lo que no aprenden nada. Los perdedores, en cambio, tienen que reconsiderar lo que estimaban verdad revelada y actuar en consecuencia. O sea aprender desde la adversidad y por el camino más difícil.


Si estas cosas pueden enseñar después que, el 27 de octubre, se destape la última de las urnas, la política tendrá un avance democrático muy importante. Obstinarse será cosa de necios.

El Esquiú
 

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Incertidumbre
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Indiferencia

Comentarios

14/09/2019 | 13:29
#0
Y COMO SE EQUIVOCARON LOS CATAMARQUEÑOS AL VOTAR AL SANDIA, RECUERDO QUE DECÍAN QUE ERA UN HOMBRE TRABAJADOR, HONESTISIMO QUE NO PERMITIRIA NI UN MINIMO LA CORRUPCION, QUE SE LEVANTABA TEMPRANO PARA TRABAJAR.

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