Desde la bancada periodística

El “Chueco” lo tiene merecido

sábado, 23 de mayo de 2020 01:56
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El Complejo Polideportivo Capital, hoy llamado “Fray Mamerto Esquiú”, es el estadio cubierto más grande de la provincia de Catamarca. Inaugurado en 1982, todavía no cumplió 40 años, pero en las últimas cuatro décadas se convirtió en una parte esencial en la historia de la ciudad.


El “Poli”, como lo conocen los catamarqueños sin distinguir entre los sucesivos cambios de las denominaciones oficiales para el recinto, fue escenario de toda clase de acontecimientos, algunos de ellos grabados para siempre en la historia.


Fue allí donde la enorme tucumana Mercedes Sosa cantó en vivo por última vez para los catamarqueños. Fue allí donde el querido Jorge “Negro” Herrera cayó sin vida en pleno acto con Los de Catamarca, en la más triste de todas las noches de la Fiesta del Poncho. Fue allí donde se presentó Gustavo Cerati con Soda Stereo, en la única visita de la banda a la provincia, y fue allí donde la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le otorgó el ascenso post mortem al caudillo Felipe Varela.


El “Poli” albergó innumerables espectáculos de primerísimo nivel internacional, desde los Globetrotters hasta los acróbatas chinos, desde gimnastas olímpicos de la desaparecida Unión Soviética hasta renombradas figuras como Carlitos Balá, músicos y cantantes de todos los géneros.


Pero por encima de todo, el “Poli” es un escenario deportivo. Sede de inolvidables competencias intercolegiales durante muchísimos años, plaza regular de la Selección de Vóleibol que comandaba Marcos Milinkovic y campo de grandes encuentros de básquetbol, fútbol de salón, certámenes de artes marciales, gimnasia artística y, sobre todo, boxeo.


Allí combatieron campeones mundiales de la talla de Jorge “Locomotora” Castro y Juan Martín “Látigo” Coggi, allí vivieron noches consagratorias Luis Armando Soto, Sergio Oscar Arréguez, Miguel Fabián Arévalo, Fabio Daniel Oliva o Miguel “La Joya” Barrionuevo. Allí realizó su última pelea profesional el legendario Santos Benigno “Falucho” Laciar, único deportista argentino que ganó tres veces consecutivas el Olimpia de Oro. También allí se desplomó el misionero Jorge Espíndola al término de un combate, protagonizando la única muerte sobre el ring que registra el boxeo catamarqueño en más de un siglo de historia.
Alegrías y tristezas, emociones encontradas, como en la vida misma, tuvieron como escenario ese reducto ubicado sobre la calle José Ramón Luna, en el amplio predio que contiene al Parque Adán Quiroga, el mayor pulmón urbano de la Capital.

 Los orígenes

Cuando el polideportivo se inauguró, en octubre de 1982, gobernaba el país Reynaldo Benito Bignone, último eslabón de la nefasta serie de presidentes de facto que condujeron la Argentina en el período bautizado por ellos mismos como el Proceso de Reorganización Nacional.


La dictadura, que había tomado el poder en marzo de 1976, gozó de uno de sus momentos más sólidos en 1978, cuando el país fue sede de la undécima Copa Mundial FIFA. Aquel certamen futbolístico, “Argentina ’78”, terminaría con la primera consagración albiceleste a nivel ecuménico, y sería una cortina de humo y una pantalla de propaganda perfecta para ocultar los espantos del saqueo y el terrorismo de Estado, a la sombra de la euforia popular por los éxitos deportivos.


Con ese exitoso antecedente, la cúpula militar se embarcó en la organización de otro mundial, esta vez de vóleibol: la décima competencia de la especialidad con participantes de todos los continentes, que estaba programada para 1982.
No resultó, según lo esperado, para los planes oficiales. Si bien el certamen atrajo el interés del pueblo y se generó un entusiasmo desbordante por el equipo argentino -que culminaría el torneo en un brillante tercer lugar-; era insuficiente para revertir los ánimos con respecto a la conducción política.


La suerte de la dictadura estaba echada desde la dolorosa derrota en la Guerra de Malvinas, consumada pocos meses antes, y las pocas fuerzas que les quedaban a los militares que gobernaban de facto, alcanzaban para procurar una salida ordenada de Casa Rosada y nada más. De hecho, aunque celebraban los triunfos de la Selección de Vóleibol, los argentinos abrumaban en todos los estadios con insultos y cánticos contra las autoridades, comenzando por aquel himno de rabia que rezaba “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”.


A diferencia de 1978, aquí se dividían las cuestiones, y el aliento a los muchachos que competían se diferenciaba dramáticamente del visceral y definitivo rechazo al gobierno nacional.


La descripción viene a cuenta porque fue ese proceso de organización del mundial de vóleibol el que motivó la construcción del Polideportivo provincial. Catamarca había sido elegida como una de las sedes de la competencia, junto con Buenos Aires (se jugó en el Luna Park), Rosario y Mendoza. Y como aquí no había un estadio apto, se construyó el “poli”.


Originalmente se lo llamó Centro Nacional de Educación Física N°6, un CEF más de los tantos que había en el país, obra hecha con fondos nacionales que se ubicó aquí por la cercanía del entonces gobernador de facto, Arnoldo Castillo, con los altos mandos.


Más tarde el “Poli” pasaría a la órbita provincial, atravesando alternativamente épocas de abandono con otras de resurgimiento y remodelaciones. En la gestión de Eduardo Brizuela del Moral se puso un piso profesional de primer nivel, lo cual fue muy bueno para conjuntos profesionales, pero cerró el interior del poli para las habituales prácticas de los estudiantes y equipos amateur. La última gran mejora fue encarada por Lucía Corpacci, que recuperó casi todo el predio y también la pileta que tiene el complejo.

 El nombre

El Polideportivo Capital se llama hoy Fray Mamerto Esquiú, pero hay fuertes iniciativas para rebautizarlo. Porque nadie puede cuestionar la relevancia del fraile en la historia provincial, pero lo cierto es que su vida en nada se relaciona con las prácticas deportivas, con la competencia, con la superación física. Además, el nombre del candidato a los altares está puesto en calles, pasajes, localidades, instituciones, bibliotecas, salones, nuestro diario y hasta en un departamento de la provincia.
Sería un acierto nombrarlo en honor a un deportista, y entre todos los posibles nombres, sobresale claramente uno: el de Hugo Rafael Soto. Su nombre se postuló primero entre vecinos para el Polideportivo Norte, y luego se expandió la idea para trasladarla al “poli” mayor.


El “Chueco” de barrio Alem, oportunamente consagrado por los especialistas como el Deportista Catamarqueño del Siglo XX, encarna muchas de las virtudes requeridas para alcanzar ese honor.


Por su origen humilde, porque jamás perdió esa humildad, por su descomunal esfuerzo en uno de los deportes más sacrificados. Y ciertamente, por sus logros. Fue campeón argentino, sudamericano, mundial. Fue rey en cuatro categorías distintas, y dejó el corazón en cada batalla, tanto en el país como alrededor del mundo. Combatió en Chile, en Japón, en Tailandia, tres veces en Estados Unidos (Albuquerque, Las Vegas y Nueva York). Ganó y perdió. Pero siempre defendió con entrega y coraje el nombre de su tierra natal.


Ese reconocimiento no marcharía en desmedro de la valoración de muchos otros deportistas catamarqueños, que también hicieron méritos como para ser recordados. Se trata simplemente de elegir uno que los represente, y que les deje a los futuros campeones el mensaje de que es posible triunfar con talento y dedicación.


El boxeo está históricamente ligado a los sectores menos favorecidos de la sociedad. Y homenajear a un boxeador como Soto sería un acto de justicia, reivindicador de una disciplina que le dio a la provincia más satisfacciones que cualquier otra.
Con mucha razón, de un tiempo a esta parte se entendió que los homenajes deben hacerse en vida. Diego Maradona, Marcelo Bielsa, Mario Kempes, son algunas de las figuras vinculadas al deporte que ya tienen estadios con su nombre.
Bautizar como “Hugo Rafael Soto” al mayor estadio cubierto de Catamarca no estaría nada mal. El “Chueco” lo tiene merecido.

El Esquiú.com
 

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Comentarios

23/5/2020 | 10:13
#1
Sería muy bueno que llamemos a los lugares icónicos con el nombre de sus figuras más valiosas. Y Hugo Rafael Soto es el mejor boxeador en la historia deportiva de Catamarca. Es lo justo que se haga en vida como se hizo con el Chateau (Cható) Carrera de Córdoba, que hoy se llama Mario Alberto Kempes. Y ya le llegará el turno al Estadio Bicentenario, como a la Maternidad 25 de Mayo lugares que nada tienen que ver con sus nombres. ¿Tal vez un día el Bicentenario pueda llevar un nombre internacional por el que paguen una buena suma para utilizarlo en la formqación de jugadores de fútbol? Port si acaso, pregunten a Juana Fernández si se le ocurre algo, no vaya a ser que judiialice esa propuesta también.