33 de mano

Que el frío no nos congele el corazón

martes, 7 de julio de 2020 01:22
martes, 7 de julio de 2020 01:22

Los catamarqueños estamos conmocionados. Una mezcla  de temor e incertidumbre por lo que vendrá. Perdimos el invicto con el coronavirus, es cierto. Pero nos tenemos que hacer fuertes para, finalmente,  ganar el partido. Con fe, con responsabilidad y, por sobre todas las cosas, con solidaridad. No es tiempo de levantar el dedo acusador contra nadie, porque en esa pelea perdemos todos, a sabiendas que en esta pandemia –dicho está- nadie se salva solo. Porque a ese maldito virus hay sumarle el más terrible enemigo de los pobres: el frío, esas temperaturas bajo cero que nos propone julio y que castigan sin piedad a los más carenciados, a los que menos tienen. Ya lo decía Nelson Mandela: “Mientras que la pobreza, la injusticia y la desigualdad existan en nuestro mundo, ninguno de nosotros podrá realmente ser libre en plenitud”. Días pasados nos alegramos, y así lo hicimos saber,  al conocer la puesta en marcha del programa “Tu Capital te cuida”, porque cientos de familias recibían del municipio capitalino elementos que por propios medios no pueden adquirir: un abrigo, una frazada, guantes y otras necesidades para mitigar los días y las noches helados de esta impiadosa estación del año. El fin de semana que pasó nos enteramos que la Fundación Eco Conciencia de Andalgalá puso a andar la campaña “Abriga a otros”, a través de la cual recibe donaciones de indumentaria y calzado para ser luego entregadas a las familias pobres. Ojalá sean muchos los municipios y las instituciones que se decidan a poner en funcionamiento esta maquinaria solidaria y que sean miles y miles las familias que se sientan protegidas y contenidas, pero a la vez censadas para que el día de mañana vivan en una casa digna y no les falte un abrigo ni un plato de comida.

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  Los pobres que están sufriendo el rigor del invierno, necesitan hoy más que nunca del apoyo incondicional. Un apoyo de hermanos, de compañeros de la vida, de los caminantes que caminan y se ayudan tanto en las buenas como en las malas. Pero al margen de lo que puedan hacer las municipalidades y sus programas de acción social y desarrollo humano (y lo poco y casi nada que aportan los concejales, el obispo y otros sectores de la vida política que tienen y pueden), recurrimos hoy a la fraternidad del buen vecino y del familiar solidario. Cualquier rato de cualquier día, dedíquele un tiempito a ese mueble que guarda cosas que ya no usa, pero que con seguridad a otras personas le hacen mucha falta. Se encontrará con alguna campera, algún vaquero, algún par de zapatillas o zapatos, o tal vez un buzo. Mejor si tiene –es muy posible- alguna frazada o colchón que ha tenido la posibilidad de cambiarlos por otros nuevos. Todo eso, más un plato de comida, son cosas que muchas familias  están necesitando todos los días. Hágase el propósito de ponerse en el cuero del otro, del pobre, del que tiene frío, del que tiene hambre. Del que no puede salir a buscar la changa diaria porque la maldita cuarentena se lo impide. Y sin changas no hay para el pan ni para parar la olla. Es una cuestión elemental de hermandad bien entendida. Es durísimo lo que están sufriendo los pobres por estas horas. La solidaridad encierra un valor maravilloso que se debe cultivar desde la infancia: la de tender la mano amiga al prójimo, al que está soportando con dolor la desgracia de ser pobre. Que el frío no nos congele el corazón y no nos hiele los mejores sentimientos. Sería lo peor que nos pueda pasar. Que los hechos nos demuestren lo contrario. Lo decimos con solidaria esperanza.

Kelo Molas
 

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