INFORME ESPECIAL de El Esquiú

Uso y abuso de las licencias en la Administración Pública

En lo que va de este año, que todavía no concluyó, el Estado provincial ya otorgó a los agentes públicos un total de 451.789 días de licencia, lo que equivale a 1.237 años. Los empleados presentaron casi 60.000 pedidos de licencia, y más de 25.000 encontraron respuesta favorable. La mayoría de los que no trabajan cobran su sueldo normalmente.
domingo, 19 de diciembre de 2010 00:00
domingo, 19 de diciembre de 2010 00:00

El Estado catamarqueño ya otorgó en el transcurso de 2010, 451.789 días de licencia a los empleados públicos, descomunal cifra que en la sumatoria equivale a 1.237 años... más de doce siglos de trabajo por los cuales, con el dinero de todos los catamarqueños, se erogan sueldos para personas que no trabajan.
Los irracionales -pero dramáticamente reales- números que maneja el Gobierno provincial, revelan por sí mismos el abuso institucionalizado que existe entre los agentes públicos del mecanismo de licencias, y los nulos e inservibles mecanismos de control oficial, que dan lugar a esta clase de dilapidación de recursos económicos, al tiempo que promueven la improductividad, la burocracia, y la multiplicación de gastos superfluos, en el mantenimiento de oficinas, vehículos, y toda clase de insumos que no reportan servicio o contraprestación alguna.
Nadie conoce este punto débil de la Administración Pública mejor que los propios empleados, que saben cómo, cuándo y qué licencia pedir, con un comportamiento metódico y conveniente que muestra el acierto de acudir masivamente en requerimiento de aquellas licencias que menos afectan el bolsillo y cuya naturaleza es más difícil de comprobar.
La simple lectura de los registros oficiales indica una clara tendencia: se solicitaron este año 59.052 licencias, la mayoría vinculadas con supuestos problemas de salud.
Hay situaciones que realmente ameritan este pedido, por ejemplo maternidad múltiple o prematura.
Pero curiosamente, estos dos ítems son los que menos pedidos de licencia motivaron: tres mujeres solicitaron un descanso por maternidad múltiple y cuatro por maternidad prematura. En total, siete casos sobre casi 60.000... ¿y los demás?
La delantera, clara e indiscutida, corresponde a pedidos por “corto tratamiento”, con 34.745 solicitudes.
Estos malestares imprecisos que con impostergable urgencia impiden trabajar, son los favoritos de los empleados.
Claro que las licencias por “corto tratamiento” pueden ser con goce de haberes o sin goce de haberes. Es decir, no puedo trabajar y por ende no cobro esos días o no voy a trabajar pero que me paguen igual. No hace falta decir que son más los que solicitan “corto tratamiento” con haberes: para ser exactos, 34.185 pedidos, contra 560 pedidos de “corto tratamiento sin haberes”.
En segundo lugar, bastante lejos, aparecen los pedidos de licencia de personas sanas, pero que no pueden trabajar porque tienen que atender a un familiar: se recibieron por este ítem 10.337 pedidos de licencia.
¿Cuántos de estos 10.000 trabajadores no pudieron ir a trabajar porque realmente tenían un familiar enfermo que ninguna otra persona podía cuidar? Imposible saberlo. Lo concreto es que 405 solicitaron licencia por “atención de familiar sin haberes”, y 9.932 pusieron la misma excusa para no ir al trabajo y de todas maneras percibieron su sueldo.
En tercer lugar, aparecen los siempre codiciados pedidos de licencia por “largo tratamiento”, donde se supone que existe un problema de salud serio, y en verdad algunas personas lo padecen.
Algunas, sin duda, pero tantas como las que se toman licencia por este motivo, imposible: este año se pidieron licencias por “largo tratamiento” ¡10.039 veces!
Con tantos y tantos enfermos, es un misterio como resiste el sistema hospitalario. No alcanzan las camas de los sanatorios de todo el país para contener tanta gente físicamente indispuesta.
Pero también aquí se observa un oportuno sentido selectivo: 6 solicitudes corresponden a “largo tratamiento de excepción al régimen”, 32 solicitudes a “largo tratamiento sin haberes”, 533 solicitudes por “largo tratamiento con el 50 por ciento de haberes” y 9.468 pedidos por “largo tratamiento” pero cobrando el sueldo. ¿Qué gracia tiene no trabajar si no se cobra el suedo? Bien dicen que Dios aprieta pero no ahorca: impide trabajar, pero no cobrar.
También se encuentran en los registros notables curiosidades, por ejemplo, cuando se observa que se cedieron este año 1.723 días de licencia para tratamiento de la Gripe A, todo un fenómeno si se considera que oficialmente se informó, una y otra vez, que no hubo casos de Gripe A.
Estos desmanes de vagancia se presentan en un marco de mínima exigencia laboral, con un sabroso calendario que ofrece un menú abundante en feriados, asuetos, permisos, festejos profesionales, retiros tempranos por cortes de luz, por desinfección, por falta de agua, por paro de brazos caídos, por huelga sin asistencia a los lugares de trabajo, por huelga para reclamar que no se descuenten los días no trabajados en la huelga anterior, etc., etc, etc...
La mentalidad general es de exigencia cero. Un empleado público sabe que, a menos que lo encuentren in fragantti en un robo o que cometa una locura, no será despedido. Y por ende que tiene asegurado un ingreso de por vida, con cobertura médica y social, jubilación y otros beneficios.
Puede ocupar el horario de trabajo en hacer trámites, en desayunar, en salir de compras o confraternizar con otros compañeros.
Eso en los casos menos afortunados: los verdaderos ñoquis, se sabe, sólo tienen como tarea pasar por el cajero y cobrar.
¿Cuántos jefes de personal revisan la planilla de empleados y encuentran nombres de personas que ni siquiera conocen porque jamás les vieron la cara? Ocurre en muchísimas reparticiones.
Y los empleados, en gran parte, sienten que lo suyo es inocente, porque a su vez saben de funcionarios y asesores con los mismos privilegios y sueldos mucho más lujosos, que nunca trabajaron y cobran diez veces más que ellos o ingresan con categorías altas sólo por vínculos familiares, militancia rentada o relaciones de amistad con algún apellido de peso.
En el medio, es elegante hablar de vez en cuando de “capacitación”, “perfeccionamiento” y “optimización”, pero la Administración Pública está bastante alejada de esa realidad.
Esta es la razón por la que tantos comprovincianos reclaman un lugar en el Estado. Allí donde hay lugar para tantos, ¿por qué no uno más?
Mientras las cuentas resistan, y no se generen fuentes genuinas de trabajo, el elefante seguirá engordando y engordando, y el progreso provincial será siempre un discurso hermoso y vacío.
60.000 pedidos de licencia en un año describen una descomposición grosera del sistema, que difícilmente se pueda reparar.

No puede resistir eternamente

Un informe de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) publicado este año por el matutino Clarín, reveló que Catamarca es la provincia con mayor cantidad de empleados públicos en el país, en proporción con el total de trabajadores.
Esa dependencia casi total del Estado, que además de la planta de empleados, funcionarios y asesores se multiplica en proveedores, contratados, becados, instituciones y empresas que viven directamente de los fondos públicos, marchan directamente a contramano del crecimiento real de la provincia.
En cada ministerio, en cada dependencia y en cada municipio, por pequeño que sea, el mayor gasto es el pago de sueldos. Catamarca es una provincia cuyo Estado destina la mayor parte de sus ingresos a sostener su propia estructura, estructura que produce casi exclusivamente nuevos gastos. Por esta razón, en casi todas las áreas se observan atrasos, falta de inversión y estancamiento.
Y en lugar de corregir la tendencia, la respuesta es siempre incrementar la planta estatal. Casi todos los reclamos sociales apuntan a pedir trabajo al Estado.
La situación es tan seria que el mismo trabajo de FIEL revela que la masa de agentes públicos creció en Catamarca, en los últimos siete años, a un ritmo más acelerado que el propio crecimiento de la población.
Y en las cuentas no se contemplan empleos provinciales, planes ni becas que componen el mismo cuerpo con diferentes características.
La pregunta es hasta cuándo se podrá sostener este esquema, cuya estructura lo condena a caer por su propio peso, más tarde o más temprano.

Deshonestidad, comodidad y complicidades más que evidentes

Los empleados públicos no necesitan recurrir a licencias para no trabajar: todos disponen de cinco días al año en que pueden tomarse descanso sin motivo alguno, bajo la figura de “razones particulares”, con la única condición de no hacerlo para armar fines de semana largos o más de dos veces en un mismo mes.
Aún así, una semana hábil de libertad de acción es para la mayoría insuficiente, y por eso se recurre al uso y abuso de las licencias.
Naturalmente, no es necesario aclararlo, muchos trabajadores toman las licencias porque realmente las necesitan, porque de verdad se enferman o no pueden asistir a cumplir con sus tareas, pero entre tantas decenas de miles de solicitudes, es una realidad que la mayoría son falsas, a tal punto que muchos empleados se dejan ver en reuniones, fiestas y todo tipo de actividades al mismo tiempo que gozan de su “incapacidad” momentánea para trabajar.
Una actitud deshonesta y cómoda que cuenta con un aliado clave: el médico que firma los falsos certificados dejando constancia indiscutible de un malestar que no existe.
A veces por amistad, otras por indolencia y otras por simple corrupción, se firman miles de constancias médicas para personas sanas.

 

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