El caudal de la pluma local no es explorado

Antología de los escritores catamarqueños olvidados

Pese a la riqueza de literatos con que cuenta Catamarca, existe desconocimiento sobre grandes artistas. La obra de Luis Franco es la que más reconocimiento tiene a nivel local y nacional.
sábado, 28 de agosto de 2010 00:00
sábado, 28 de agosto de 2010 00:00

El mundo literario de Catamarca ha estado plagado de iluminados de la pluma, eruditos de la escritura. Sin embargo, muchos autores catamarqueños han quedado sepultados entre los vestigios del polvo añoso de una biblioteca.
A través de un sondeo realizado entre personas de entre de 15 y 50 años, se indagó sobre qué autores de la provincia habían leído, y a fin de conocer los gustos en la lectura, se pudieron confirmar las sospechas sobre el desinterés por los autores locales. Pero la desidia trasciende al público más joven y la indiferencia pareciera arrastrar a diversos sectores etarios.
Cuestionada en su época, la valiosa obra del escritor belicho Luis Franco pareciera representar, en la actualidad, el único material que ha trascendido en las generaciones locales. Pero se hace necesario advertir que su creación debió recorrer un largo trayecto para contar con el respeto y aceptación que tiene merecidos.
Un poco más atrás se visualiza a Juan Ponferrada, con “El carnaval del diablo”.
Lejanas y olvidadas quedaron las obras de autores tradicionales y contemporáneos como Higinio Rizo, Ezequiel Soria, Julio Sánchez Gardel, Carlos B. Quiroga, Adán Quiroga, Carlos Villafuerte, Joselín Cerda Rodríguez, Juan Bautista Zalazar, Gustavo Gabriel Levene, Raúl Guzmán Rodríguez, Jorge Paolantonio, Ramón Morra, entre otros tantos.
Por su parte, la creación de las escritoras catamarqueñas corre una suerte similar. Francisca Granero de García, Hilda Angélica García, María del Rosario Andrada, Celia Sarquís, entre otras, han llenado la escritura con una visión del mundo y un sentido de la estética muy particular, pero su repercusión en la actualidad se circunscribe a unos escasos círculos.
La apuesta por el género literario disminuye a medida que los tiempos corren. La situación se advierte en las escuelas, en donde las currículas no se nutren de nombres nuevos de las letras y se estancan en el reduccionismo de la lectura tradicional. Son muy pocas las que se aventuran por nuevos títulos o historias. Quizá la falta de interés surja como consecuencia de la carencia de políticas culturales fuertes o tal vez aún no esté permitido salirse de los cánones literarios establecidos.
Aunque existe un caudal muy rico de escritores locales, que nos permiten vincularnos con la música y el lenguaje gráfico, no son tenidos en cuenta y el interés por los libros se reduce a unos pocos.
La nuevas camadas de escritores están huérfanas, pues entre otras cosas, son insuficientes los espacios que se promocionan para quienes quieren escribir. Se avizora un panorama de indiferencia hacia la lectura local, sumado a que el hábito de la lectura se va haciendo menos habitual.
Más allá de la relevancia simbólica que pueda implicar bautizar a una calle o a un barrio con el nombre de uno de estos autores, lo que lleva al desconocimiento de quienes nutren el quehacer poético y literario de la provincia es la falta de apreciación de ese baluarte que sustenta la identidad catamarqueña.

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