Por la llegada de El Esquiú.com

Algarabía

Escribe Egardo Moreno
jueves, 05 de agosto de 2010 · 00:00

Ya nadie recuerda en Chile a los poderosos que perseguían a Manuel Rodríguez.
Sus nombres han marchado lentamente al ostracismo y ha sobrevivido -en cambio- el del objetor que proscribieron.
Una tonada popular, eficaz fugitiva de censuras, lo inmortalizó.
“Dicen que es Manuel su nombre y que se lo llevan camino a Til-Til.
Que el Gobernador no quiere ver por La Cañada su porte gentil.”
De un modo u otro, los pueblos se expresan.
Acaso -explicaba Camus- porque el hombre no nació para la historia, pero la historia nos impone deberes. Uno de ellos es oponernos a quienes creen que poseen la razón absoluta y tratan de imponerla en nombre de la verdad.
El pensamiento autoritario se declara siempre poseedor exclusivo de la verdad.
El hombre libre la reconoce huidiza. Siempre objeto de laboriosa reconquista.
En la tensión de esa búsqueda encuentra su razón de ser el ejercicio del periodismo.
Un oficio mero, que consiste en definir “todos los días, ante la actualidad, las exigencias del sentido común y de la simple honestidad de espíritu”.
Entraña sus riesgos, es cierto: “Por querer lo mejor se dedica uno a juzgar lo peor y a veces sólo lo que está menos bien. A la jactancia o a la tontería no hay más que un paso”.
No pudo haber elegido hoy un emprendimiento catamarqueño figura más preclara en la cual buscar iluminación y amparo ante esos desafíos.
Se trata de Esquiú, el intelectual lúcido que se congratuló en la gloria de la libertad humana, ejercida en la armonía de su organización constitucional.
Como Camus, una comunidad de hombres libres debe demandar al periodismo que no se someta, que no se rinda al halago, a la simplificación o a la mutilación de los hechos, con pretextos ideológicos.
Es decir, simplemente que no desprecie a sus lectores.
Pero antes, esa comunidad debe saludar con gozo el nacimiento de un nuevo medio de expresión, porque ese momento es legítimo horizonte de esperanza.
Algarabía era el nombre de la lengua proscripta de los moros en España.
Hoy expresa un destello -feliz, diáfano, impío- que ni lejanamente recuerda el dolor de las prohibiciones.

Edgardo R. Moreno
Periodista
 

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