Inclusión Folclórica Luis “Fiero” Bazán

La danza, un espacio para la integración

domingo, 31 de diciembre de 2017 00:00
domingo, 31 de diciembre de 2017 00:00

Informe: Adriana Romero 

El pequeño garaje de una vivienda del barrio Teresa de Calcuta alberga la ilusión de chicos en sillas de ruedas, quienes se integran a otros para aprender a bailar danzas folclóricas de la mano de Jorge Bazán, trabajador no docente de la universidad local.

Es un sueño hecho realidad que comparte con unos 15 chicos, en la academia barrial que bautizó Inclusión Folclórica Luis “Fiero” Bazán, en homenaje a su padre, el conocido árbitro de boxeo, quien le dejó como herencia la casa, que hoy destina a esta loable acción.

Deambuló por distintos lugares, incluso recibió la acogida del Padre Raúl Contreras en su parroquia, y hoy desde su lugar propio abre las puertas desde la generosidad de su gestor y la vitalidad de sus destinatarios.

 

En la calurosa tarde de diciembre nos dirigimos hacia el barrio 40 viviendas Teresa de Calcuta, situado en la periferia sur de la ciudad capital, donde localizamos la casa Nº 34.

Allí nos esperaba Jorge Alberto Bazán, rodeado de los chicos que todos los días llegan a este lugar para aprender danzas folclóricas y compartir parte de su vida.

Él les abre las puertas de su corazón y de la casa que heredó de su padre, Luis Alberto Bazán, alias “Fiero”, donde se tejen redes de amistad, solidaridad y fraternidad, con el objetivo de integrar a personas con capacidades diferentes.

Con mate en mano, acompañado por los aprendices, Jorge cuenta que siempre estuvo ligado al ambiente de la educación y del folclore.

“Terminé mis estudios secundarios siendo grande en el CENS Nº 51, y pasé al Instituto Chavarría, donde hice la carrera de Psicopedagogía, que no pude terminar porque se implementó Psicomotricidad, y había problemas presupuestarios”.

Pasó por la academia de Piriqui Pérez, el ballet Atahualpa y “por cuestiones personales me alejé un poco”, manifiesta. 

La tarea con los chicos especiales comenzó en Apyfadim donde “logré formar un ballet de más de 50 personas con distintas patologías y edades. Allí estuve dos años con la participación en siete certámenes nacionales y algunos premios. También anduve por la escuela ‘Quiero ser feliz’, de Piedra Blanca, frente al club Defensores de Esquiú, donde había chicos de La Tercena, Piedra Blanca, San Antonio. Allí permanecí un buen tiempo y tuve la gran suerte de llevarlos a eventos nacionales”, destaca.

Su empeño en esta labor, que realiza en forma gratuita, de corazón, tiene su génesis cuando era chico.

“Siempre sentí interés por la discapacidad, porque cuando era chico en mi barrio teníamos personas con discapacidad. Además, con la bendición de Dios y la Virgen, después de muchos años me volví a encontrar en Apyfadim con Teresita, una de las chicas de mi barrio que está en silla de ruedas”-quien es su alumna-, comenta.

Jorge es feliz con lo que hace, y lo explica así: “Sentía interiormente que a pesar de tener una familia, un trabajo, nada me llenaba, no me sentía feliz porque había algo que me faltaba. Eso me llevó a dedicarme a la discapacidad, y siempre pensé en la danza porque es ideal para integrar a los chicos. Hoy tengo chicos que por primera vez han subido a un escenario”.

Su lucha por la inclusión se debe a que “en esta sociedad en la cual vivo hay mucha marginalidad, muchas patologías, entonces la inclusión significa que todos tenemos el mismo derecho, todos debemos tener la misma posibilidad de vida, tanto las personas comunes como las personas diferentes, incluso en un evento folclórico. Ellos también con la silla de ruedas, marcando los compases, pueden hacer lo mismo que cualquier otra persona”.

Respecto de cómo es enseñarle a bailar a chicos con sillas de ruedas, indica que “la danza es muy bella, pero yo primero trabajo con el ser humano. El baile es un complemento para que la persona sea muy feliz. Busco que ellos sepan que son muy capaces como el común, que más allá de las limitaciones que puedan tener son capaces de hacer cosas. Y esto les demuestra que no sólo pueden hacer danza sino otras actividades”. 

En este sentido, considera que “la peor discapacidad que hay en este mundo es ocultar el amor, esa es una de las grandes dificultades que vive la persona común de cualquier clase social, línea política o estructura”.

Nuestro entrevistado vive esto como un servicio y así lo expresa: “Desde hace diez años vengo trabajando con la discapacidad, tengo una enorme paz interior, nunca cobré, siempre fue un compromiso con Dios y la Virgen, porque yo también tuve un problema de salud y les prometí abocarme absolutamente a este mundo y lograr lo que más se pueda. Lo único que pido es salud, de lo demás me encargo yo”.

En este camino que eligió gustoso, confiesa que “mi sueño fue tener un terreno, le pedía tanto a Dios y a la Virgen la posibilidad de tener un terreno y un salón con dos baños. Eso nomás quería para tener a chicos de distintas edades y patologías, para que ellos sepan manifestar lo que tienen interiormente, porque a veces desconocemos las cosas buenas que tenemos. Que en cualquier horario puedan ir y tocar un instrumento, aprender una danza, o aunque sea compartir la preparación de algún vestuario; que incluyan, involucren, incorporen todo lo que significa estar en nuestro mundo”.

Y continúa su relato: “Lo que deseaba se dio de una forma muy triste, porque mi papá, quien tenía una enfermedad crónica, tres días antes de fallecer me despertó, tomamos unos mates y me dijo: ‘Hijo, vas a cumplir tu sueño, la casa ya es tuya’. Y le dije que la casa no se vende, no se alquila y no se presta, es de la discapacidad, es de los chicos y de toda persona que quiera sumarse de cualquier edad y patología, bienvenida sea. Por eso le puse Inclusión Folclórica Luis ‘Fiero’ Bazán, dándole las gracias a cada uno de los niños y jóvenes por permitirme y aceptar que yo pueda hacer esto”, expresa emocionado. 

De esta manera, la propiedad cumple un objetivo loable, que rebasa lo artístico y raya con lo social.

“Ya estoy en lo mío, antes estuve en lugares diferentes con gente buena que me brindaba la oportunidad de ensayar, viendo caras, o esperando que me digan un sí para ensayar, y hoy podemos estar en lo nuestro. Acá, en este pequeño garaje, ensayamos cuando tenemos que hacer zamba y cuando son danzas más de salón puedo poner dos o tres parejitas de niños. Pero tengo pensado voltear esa pared para ampliar, y vamos a tener 5 metros de ancho hasta la galería”, proyecta.

Cerca de 15 chicos asisten a las clases para aprender bailes típicos y tradicionales de nuestra cultura, incluyendo una nena de 4 años, quien baila con chupete.

Provienen de distintos barrios de la zona sur y de otros puntos de Capital, como el 40 Viviendas Teresa de Calcuta, Santa Marta, Acuña Isí, otros aledaños a la bomba de agua, frente a la escuela Revolución de Mayo y al Poli Sur, 920 Viviendas, entre otros.

“Muevo las piezas en distintas danzas, pero siempre trabajando con ellos, vamos tratando que de a poco se vayan involucrando, incorporando y relacionándose con las personas”, asevera el “profe”, quien sintetiza su experiencia manifestando que “soy un agradecido de Dios y de la Virgen, que nos bendicen. A los chicos les digo que cada vez que estén arriba del escenario y hagan una danza, nunca se olviden que hay muchos niños, jóvenes, adultos y ancianos que sufren necesidades, particularmente en el interior, y que ésta es una forma de reclamo respetuoso hacia la sociedad, para que no se olviden de que hay mucha gente con discapacidad y nadie se acuerda de ellos. Y si ustedes están aquí y pueden hacer danza como cada uno de nosotros, es porque Dios nos seleccionó y dijo que este grupo va a hacer esto como un ejemplo para muchos”. 

 

“Ensayamos en la iglesia del Padre Raúl”

A diez días de su partida inesperada, Jorge Bazán recuerda el gesto del Padre Raúl Contreras, quien era párroco de San Jorge, cuando el grupo preparaba su presentación en el Ponchito.

“Con el Sepave del barrio Santa Marta generamos un cuadro criollo para ir con los chicos al Ponchito, y ensayamos en la iglesia del Padre Raúl que hace poquito falleció. Él nos prestó el lugar, y ahí ensayábamos. Gracias a Dios nos fue muy bien, fue conmovedor, algo diferente a los ballets comunes, porque habían presentado muchos cuadros estilizados y malambo, y nosotros llevamos algo sobre lo natural, lo criollo, del hombre estanciero, olvidado, la paisana olvidada, con vestuario y danza y buscando el estilo de ello en aquel momento donde se desarrollaba”. 

 

La voz de los protagonistas

“Disfruto mundo la danza”

Teresita Condorí transita la vida en silla de ruedas y sobre ella aprendió a bailar. Vive en el barrio Acuña Isí, es becada de la municipalidad capitalina, y le gusta tejer.

“Con el profesor nos conocemos desde chicos, es una excelente persona, ama lo que hace, y nosotros lo acompañamos. Nos encontramos en Apyfadim y hasta el día de hoy seguimos juntos. Nos encanta lo que hacemos, y ahora que se han incluido los pequeños, más felices estamos. Trabajamos juntos”.

“Los primeros días fueron difíciles, porque no sabía cómo iba a manejar la silla, cómo me iba a desplazar en la danza. Me ha costado muchísimo, pero ahora ya estamos bien encaminados. Disfruto mucho la danza, lo estoy haciendo desde hace tres años y sigo firme. Me encanta lo que hago, es algo que no se veía en Capital. La gente disfruta lo que hacemos”.

“Estamos muy integrados al grupo, los chiquitos se han pegado mucho a mí. El niño Milton (su compañero de baile), el primer día que llegó, me miró y me eligió a mí para bailar. Compartimos una linda experiencia”.

 

“Nunca imaginé que en silla de ruedas podía danzar”

Jonathan Pelayes vive en el barrio 72 Viviendas, ubicado frente a la bomba de agua. Realiza sus estudios secundarios en el turno noche, y sentado en su silla de ruedas dedica el tiempo para aprender a bailar folclore. 

“Estoy desde hace tres años, cuando estaba en Apyfadim. Entré cuando el profesor me fue a buscar a mi casa, en ese tiempo no quería saber nada con esto, porque nunca me imaginé que un chico en silla de ruedas podía danzar. Fue hasta que hubo una presentación en el Cine Teatro Catamarca, fui a verlos, me gustó, empecé con ellos y no dejé más, me atrapó. Me gusta mucho. Con los chicos me llevo de diez”.

 

“Es una familia, espero que vengan más chicos”

José Luis Vera es mecánico y vive en el barrio San Jorge. Destina buena parte de su tiempo a la danza, que practica desde antes.

“Estoy desde hace un mes con los chicos, yo bailaba en otra academia, los vi bailar en el predio ferial y me gustó. Pasó el tiempo, fui a un curso de folclore y encontré al profe y le dije que quería integrarme al grupo. Luego de unos cuatro meses vine, ensayamos y ya no me voy más de acá”.

“Trabajo en mecánica y el resto del tiempo lo dedico a la danza, a estar con ellos. Siempre me gustó bailar, antes lo hice en dos academias. Me llevo de diez con todos, somos muy amigos, pasamos juntos mucho tiempo, ensayamos, conversamos, jugamos, tomamos unos mates, regamos las plantas, les damos de comer a los pajaritos. Es una familia, espero que nunca se acabe, que vengan más chicos y le metamos para adelante”.

 

“Veo la vida de otra forma”

Ángeles Rocío Carrizo vive en las 920 Viviendas, desde donde viene todos los días a compartir con los chicos del sur.

“Conocí a los chicos por el profesor, cuando estábamos en Apyfadim, porque vivo cerca, entonces iba a verlos. Una amiga me comentó que estaban haciendo folclore, después los conocí y me quedé con ellos. Empecé este año acá y me quedé”.
“Es lindo, veo la vida de otra forma, porque antes veía a un chico en silla de ruedas y me compadecía.

Entonces mi mamá me dijo: ‘Por qué pobrecito, si ellos pueden hacer lo mismo que vos’. Así me enseñó mi mamá”.
“Terminé el secundario y el año que viene quiero estudiar Profesorado en Educación Especial”.

 

“Ojalá que la academia siga creciendo”

Sebastián Alejandro Pabe vive en el barrio Teresa de Calcuta. Y nos cuenta su historia.
“Conocí al padre de don Jorge porque gracias a él salvé mi vida. Me tenían que operar en Buenos Aires cuando era chiquito, y él hizo todos los trámites, me consiguió ambulancia, los médicos y me llevaron”. 

“Cuando lo conocí a don Jorge y a los chicos cambió totalmente mi vida, porque me encanta y amo el folclore. El profesor es una excelente persona y a los chicos los quiero un montón, todos son mis hermanos, son mi familia. Ojalá que la academia siga creciendo cada vez más”

.Luz Robín tiene 7 años y vive en el barrio Santa Marta. Es la compañera de baile de Jonathan. Y manifiesta: “Vengo a aprender a bailar y me gusta mucho”.

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Comentarios

29/08/2019 | 13:50
#1
Loable labor, Que sigan los éxitos. Podrían decirme el lugar especifico el taller esta situado, país, provincia o estado, Saludos, Gracias
31/12/2017 | 12:28
#0
Gran tarea. Sigan así.

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