Obesidad en los niños, un mal que avanza

domingo, 22 de abril de 2018 00:00
domingo, 22 de abril de 2018 00:00

Informe: Adriana Romero.


Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la obesidad infantil es uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI.

Está afectando progresivamente a muchos países. La prevalencia aumentó a un ritmo alarmante. 

Catamarca no es ajena a esta realidad. Por ello abordamos esta problemática desde la mirada de dos profesionales del Hospital de Niños Eva Perón, quienes diariamente están en contacto con los pacientes y sus familias.

Se trata de la pediatra endocrinóloga María Alejandra Vozza, jefa del Servicio de Diabetes y Endocrinología; y la licenciada Carolina Villagra, nutricionista del área, completando el equipo el endocrinólogo Pablo Camji.

En este sector del nosocomio infantil, cuya gestora fue la doctora Bollada, ellos se dedican a la atención de niños con obesidad, sobrepeso, diabetes y trastornos endocrinológicos más específicos.

Para introducirnos en el tema, la médica pediatra define la obesidad infantil como “el exceso de tejido adiposo o graso en el organismo del niño. Este nivel de adiposidad lo hace propenso a sufrir otras patologías como diabetes, hipertensión, problemas osteoarticulares, traumatológicos y psicológicos”.

En cuanto a las causas que la origina, considera que “no hay una causa única, es multifactorial. La obesidad no viene sólo por comer mucho, sino que implica varias situaciones socioeconómicas, culturales, de hábitos familiares, y psicológicas. Hay una amplia gama de factores que influyen, por eso es tan difícil erradicarla”. 

La obesidad ocasionada por trastornos genéticos “es la menos frecuente, comprende el 5 % de las obesidades. También hay un porcentaje que se asocia con patologías endocrinológicas como hipotiroidismo, síndromes de Turner, de Down, que tienen una predisposición a la obesidad. La más frecuente y fácil de tratar y revertir, es la multifactorial, que tiene que ver con lo ambiental, lo cultural, lo económico, lo educativo”.

Para el diagnóstico, “si bien hay elementos directos e indirectos, no hay todavía estándares universales, porque la realidad es muy diversa. Los métodos indirectos, antropométricos, son los más usados porque son económicos y de fácil acceso. Miden el peso, la talla, el índice de masa corporal, los pliegues, la cintura. Todas estas mediciones ayudan a tener una idea más cercana de la cantidad de grasa que tiene el individuo. El más confiable en pediatría es la medición de la cintura del paciente. Esa grasa abdominal es la más relacionada con riesgo cardiovascular en el futuro. Se la considera un indicador importante de posibles complicaciones en el fututo”.

De acuerdo con los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Vozza afirma que “actualmente hay una epidemia de obesidad; el número de niños de 0 a 5 años con sobrepeso y obesidad aumentó de 32 millones en 1990 a 42 millones en 2013, una cifra importante; y se calcula que para el 2025 habrá 70 millones en el mundo”.

“En Argentina, la prevalencia y la incidencia de sobrepeso aumentó como en todos lados. El 30 % de los chicos entre los 2 y 24 años (ahora la adolescencia se extiende cada vez más) tiene obesidad y sobrepeso”, especificando que son índices “de la base de datos de la Organización Mundial de la Salud y de la Asociación Americana de Pediatría. También de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), que tiene un comité de Nutrición”.

En el plano local, la jefa del Servicio de Endocrinología del Hospital de Niños asevera que “Catamarca no está aislada de esta realidad, acá también se ven porcentajes altos de obesidad y sobrepeso en la población”. Si bien no detalló estadísticas, asevera que “por lo que vemos en la atención diaria es un tema que ha ido aumentando en la sociedad”.

Esto se refleja en las consultas diarias, de las cuales se desprende que “entre un 50 y un 60 por ciento de los pacientes que nos consultan tienen obesidad y sobrepeso”, acentúa, agregando que “de cinco chicos, tres vienen con sobrepeso y obesidad, seguro. Consultan por otro motivo y cuando les decimos a las mamás que están excedidos de peso, la mayoría no lo reconoce como un problema, está naturalizado. Y si no hay una percepción familiar de que existe un problema con los alimentos, la actividad física, una vida saludable, es difícil trabajar”. 

 Otro dato puesto en la mesa por Vozza es que “si en la familia ningún padre padece obesidad, el niño tiene un 8 % de riesgo de tener la enfermedad; pero si hay un padre con obesidad, tiene un 40 % de riesgo; y si los dos papás son obesos, la probabilidad es de un 80 %”.

Respecto de casos extremos, la profesional relata que “hemos tenido casos de obesidad mórbida y es muy difícil trabajar con ellos estando en el hospital. Somos conscientes que aquí nos llega una mínima proporción de la población que tiene este problema. Es alarmante ver chicos con importantes grados de obesidad. Hemos internado a pacientes para ayudarlos en los hábitos, la actividad física; no vuelven, o se hace muy difícil el seguimiento”. 

En este plano, la responsable del Servicio entiende que “están en situaciones de vulnerabilidad social, entonces es complicado, pero sabemos que son chicos con mal pronóstico. Si llegan con obesidad a la adolescencia sabemos que lo más probable es que sean obesos en su adultez”.

Con relación a las edades en que se da con más frecuencia, Vozza explica que “hay edades donde se produce un mayor crecimiento del tejido graso, en el recién nacido, el primer año de vida, después de los 5 a los 6 años, cuando ingresan a la escuela primaria, y en la adolescencia. Son los períodos críticos en que el pediatra o el médico que lo sigue debe estar más atento para ver si surge algún problema”. 

Los inconvenientes se dan cuando el chico empieza a socializar, “en el hospital se observa que cuando el chico va al jardín lleva el juguito, la galletita, y no son dietas saludables. En la mayoría de los jardines no tienen nutricionistas para realizar un plan alimentario adecuado para los niños”, relata.

Este problema “se da en todos los estratos sociales, porque se trata de falta de educación alimentaria y eso recorre desde el más humilde al más rico”.

El tratamiento es “básicamente el plan alimentario hecho por una nutricionista, la actividad física, evitar el sedentarismo”, explica Vozza, haciendo la salvedad que “el chico no puede hacerlo solo, debe tener el apoyo de la familia, la escuela, la salud pública, la sociedad, todos tenemos que colaborar para que ese chico pueda cambiar, si no es muy difícil”.

Para la pediatra, “el problema es más difícil porque no solamente nos enfrentamos a la obesidad y el sobrepeso sino a la mal nutrición. El paciente está rozagante, pero mal nutrido y a la larga se va a terminar enfermando de algo, va a tener alguna complicación. Y es un desafío prevenible”. 
Respecto del impacto de la alimentación, indica que “no sabemos cómo nos va a transformar mañana lo que hoy comemos”. 

“Vemos bebés que nunca probaron la leche materna, desde que nacieron estuvieron con leche complementaria, maternizada, que contiene productos químicos, sustancias conservantes”, dice la médica, mientras la nutricionista apunta que “la leche materna no tiene azúcar, por eso es un factor protector de la obesidad a futuro, de la diabetes y otras enfermedades, porque es el único alimento que tiene justo lo que necesita el bebé en ese momento, las otras leches, no. Tienen muchísimos agregados”.

 

“Se subestima mucho esta enfermedad”

Para la nutricionista Carolina Villagra, “se subestima mucho la obesidad y el sobrepeso en los chicos, y siempre se está esperando que ‘se estiren’. Los niños tienen malos hábitos de alimentación y llegan al consultorio ya con una obesidad. Acabo de ver a una nena de dos años y tres meses obesa grave. Por suerte el médico la derivó chiquitita, porque si no, iba a seguir cada vez peor”.

La profesional destaca que “el rol de los padres es fundamental, al igual que el resto del entorno donde vive o frecuenta”. Por ello es importante “que quienes conviven con el niño se pongan de acuerdo para ayudarlo en este cambio de hábito. Se trata de comer más saludable, elegir mejor, por ahí cambiar las formas de preparación de los alimentos, evitar las cocciones con mucho aceite. Se puede comer la misma comida, pero cocinada de una forma más sana”. 

En medio de la vertiginosidad del mundo actual, Villagra entiende que “nadie tiene tiempo ni paciencia para hacer estas cosas, los padres le dan una vez y si no le gusta, le hacen lo que le gusta. Hay que insistir aunque cueste”. 

Otra cosa que observa la profesional es que “cuando no quieren comer y le dan la mamadera, y no es bueno. Hay chicos de más de dos años  que toman seis mamaderas por día, es una barbaridad lo que están consumiendo de lácteos, y en ese momento necesitan comer de todo”.

A  partir de esta experiencia, estima que “estaría muy bueno que haya educación alimentaria en las escuelas desde el jardín para enseñar buenos hábitos de alimentación, tanto a los papás como a los niños. Un profesional de nutrición ayuda porque no es lo mismo lo que tiene que comer un niño de 2, 7 ó 10 años”.

Y sugiere “no llevarse de las dietas de moda, que salen en las revistas, o se las dijo la amiga o la vecina, sino consultar a las personas que saben. Cada paciente necesita de una alimentación personalizada, adecuada para ese momento de su vida y más que todo los chicos, porque van creciendo y cambiando sus necesidades, sus requerimientos”.

La fórmula es “alimentación sana, actividad física y no tantas horas de pantalla. La realidad es al revés, el chico pasa casi todo el día ante la pantalla y muy poco juega o hace alguna actividad física. Eso hay que tratar de cambiar de a poquito”. 

La nutricionista especifica que “todo lo que se usa hoy envasado, procesado, todos los rebozados que comen los chicos son prefritos, ya viene con una fritura incorporada de antes, por más que uno después lo haga al horno ya absorbió un montón de aceite. Ni hablar de los conservantes, del sodio, de todos los agregados que tiene ese tipo de alimentos”.

Por ello que recomienda “volver a la comida natural, hecha en la casa, es conveniente ir a una nutricionista para planearles un menú, y que la mamá o la persona que esté a cargo del niño o el paciente adulto también pueda planificar lo que va a comer”.


Recomendaciones para la prevención

Para una mejor calidad de alimentación, nuestras entrevistadas comparten algunas recomendaciones básicas que ayudarán a prevenir la obesidad y el sobrepeso:

Desayuno. “Hay que respetar las cuatro comidas, generar el hábito del desayuno, hoy abandonado, y es importante, está relacionado con la obesidad. Por el tiempo, por distintas situaciones, uno no desayuna como debería”. 

Sueño. “Las horas de sueño también influyen. Si una persona no duerme las horas adecuadas o tiene un sueño intranquilo, también predispone a la obesidad”. 

Sin pantallas. “Se recomienda a los papás que el ambiente donde comen esté libre de pantallas, de televisores, celulares, que la familia esté relajada para comer, que sea un momento de encuentro, para charlar distintos temas. Y eso asociarlo a una buena alimentación”.

“La Sociedad Argentina de Pediatría recomienda que el niño menor de dos años no tenga acceso a las pantallas. Los mayores de dos años pueden tenerlo durante dos horas diarias, no más de eso, elegir televisor, celular o tablet, pero una sola pantalla dos horas al día, nada más. Porque se comprobó que no es el mismo desarrollo neurológico de un paciente con muchas horas de pantalla y otro que no, porque les limita la creatividad, estar aburridos hace crear y la televisión significa comer alguna cosa, entonces siempre va asociado”.

Bebidas y azúcar. “Las bebidas azucaradas constituyen un problema bastante serio. Existe la idea de comer con algo dulce y es difícil sacarla, porque está la costumbre de tomar la gaseosa o el jugo azucarado. Hay que volver al agua, los jugos naturales, en su defecto, para los chicos que tienen tan incorporado este hábito de lo dulce, por lo menos hay que acostumbrarlos a bebidas cero azúcar, que existen en el mercado”.

Frutas y verduras. “Hay que crear el hábito del consumo de frutas y verduras. Incorporar más las verduras, que a los chicos no les gusta, pero nunca las probaron. Está comprobado que hay que probar algo más de diez veces para decir que no le gusta, en distintas preparaciones con distintos condimentos”.

Comer en casa. “No comer fuera de la casa, porque lo que comemos fuera tiene más calorías, más grasa. Hay que reducir el tamaño de las porciones”.

Lactancia. “Algo fundamental es favorecer la lactancia materna. Está comprobado que es un factor protector, hasta los seis meses es exclusivo, y después de los seis meses, complementado con otros elementos, puede tomar hasta el año. Incluso, si no tiene problema de peso, de crecimiento, puede hacerlo hasta los dos años”.

La familia. “Siempre se le dice a los padres que son el ejemplo. Si le digo al chico que no tome gaseosa o jugo, la familia tiene que responder de la misma forma, si no, el chico no entiende el mensaje cuando uno le dice una cosa y por otro lado se hace lo contrario”.

 

Faltan políticas públicas más agresivas
 

“Es clave el rol de los padres, del pediatra o médico clínico que sigue al niño, y no vamos a quitarle responsabilidad a la salud pública. Tiene que haber medidas más agresivas con respecto, por ejemplo, a las escuelas, porque los kioscos no son saludables, y si son saludables lo son por un tiempo y luego vuelven a no ser saludables”, sentencian las profesionales.

Y si bien reconocen que “se hacen cosas, porque hay gente que trabaja mucho en esto”, consideran que “no se está teniendo la magnitud que se necesita acerca de la problemática”.

Frente a esta situación proponen “sacar los kioscos de las escuelas, poner actividad física diaria, dar una materia que sea educación alimentaria. Recuerdo que cuando era chica teníamos en la secundaria una materia que era Cocina, donde nos enseñaban a preparar los alimentos. Me parece importante volver a lo básico, estamos pensando en el primer mundo y no tenemos cosas básicas”, manifiesta Vozza.

Por otro lado plantea que “en otros países rotulan los alimentos que tienen alto contenido de grasa o hidratos de carbono, para que la gente tenga información de lo que está consumiendo”. 

“Por eso hablamos de políticas un poco más agresivas, porque todos vivimos en el hoy, pero a la larga va a haber una cantidad de gente con obesidad que va a requerir demanda de salud pública y de gasto. Quienes delinean las políticas públicas no se imaginan que en el futuro van a tener un problema muy serio. Ya se está viendo, hay estadísticas y pronósticos de lo que va a pasar. No tomar medidas ahora implica un inconsciencia”, sentencian.

 

El fracaso de los kioscos saludables 

Las especialistas proponen que “hasta que logremos educar para elegir bien, que no haya opciones no saludables. Para eso tiene que haber un control estricto, porque han tenido la intención de hacer los kioscos saludables, pero han fracasado. Esto viene desde hace mucho tiempo”.

“Algo buenísimo que nos contó un paciente es que en una escuela de Capital hay carteles por todos lados indicando que está prohibido llevar gaseosas. Es una medida muy buena, que no puedan tomar gaseosa y sí, agua. Eso depende de cada escuela. Hay instituciones donde no los dejan llevar panchos, pero hay kioscos que venden eso, sándwich de salame, pizza, a la mañana”.

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Comentarios

22/04/2018 | 13:47
#1
Muy buen articulo. Hay que volver a enseñar que la comida de la casa es la mejor y no llevarse por las modas o la propaganda.

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