Cara a cara

ES FELIZ PORQUE ATÓ SU VIDA AL PERIODISMO

domingo, 10 de noviembre de 2019 06:00
domingo, 10 de noviembre de 2019 06:00

HOY:  JUAN CARLOS RIDULFO

Chango de barrio que camina las calles de pavimento haciendo periodismo. Hace más de tres décadas que está identificado con la noble profesión y lo disfruta. Un día, veinteañero aún, ató su vida a los medios de comunicación cuando fue a probarse en Radio Frontera. Vaya paradoja: justamente él, que rompió con todas las fronteras para ganarse un lugar en el atrapante oficio del periodismo. “Esta es mi vida”, dice orgulloso del camino elegido. Dice lo que siente, con coraje y convicciones. El Cara a cara de este domingo tiene el pensamiento del periodista Juan Carlos Ridulfo. El mismo que nos contó al pasar de cierta enfermedad. Convencido de salir adelante. El mismo que se define como “Alguien que le peleó a la vida”. Y mal no le fue. Supo elegir la mejor herramienta: hacer lo que le gusta.

  -¿Quién es Juan Carlos Ridulfo para Juan Carlos Ridulfo?
  -(Sin dudar) Alguien que le peleó a la vida. Siempre supe todo me iba a ser duro, difícil. ¿Sabés por qué? Porque el mismo mundo es duro, es difícil. Y más aún aquí, en Catamarca, donde todavía ciertos apellidos, por ejemplo, tienen mucho que ver en eso. Tienen que ver con el trato, con la importancia –o no- que te dan algunas personas. De eso me di cuenta desde que empecé a ir a la escuela, sabía que iba a ser difícil. Por eso insisto: soy un tipo que le pelea a la vida. Día a día. Mano a mano. Pero ojo: es una lucha tranquila, cotidiana, sin violencia. Porque soy  feliz con el existir cotidiano, que es muy importante. 

  -¿Cuál fue el hecho en tu vida que te marcó para decidirte a trabajar en los medios de comunicación?
  -Capaz que produzco un desencanto en la respuesta, pero te voy a decir la verdad: no creo en eso de las vocaciones, sí creo en las oportunidades. Sería torpe de mi parte responderte como lo hacen generalmente todos: “ya tenía vocación para esto”. Algunos dicen: “yo cuando era chico jugaba con el tenedor, que era el micrófono, y me hacía el locutor y transmitía partidos de fútbol”. Nunca hice nada de algo parecido. Te cuento: me encontré con esta profesión a través de un amigo de barrio, Jorgito Lencina. Jorge era mi gran amigo y yo trabajaba en Sastre Hnos., cuyo local estaba en las esquinas de Salta y República. Era veinteañero y cumplía funciones en la parte contable. Pero me aburría mucho. Ya me había casado y había nacido Diego. Un día, Jorge me dijo que necesitaban un locutor en Radio Frontera y me daba ánimo para que me presente. En mi vida había hecho algo que tenga que ver con la locución, pero mi amigo insistía. Y me presenté. Fui a la Galería Catamarca, donde funcionaba Radio Frontera, hablé con (José Antonio) Pepe Yunes, a quien no conocía personalmente pero era mi ídolo; recuerdo que lo veía por la pantalla de Canal 12 de Córdoba. Cuando me preguntó si era locutor, rápidamente respondí que sí. ¡Le mentí, por supuesto! Me dio unos auriculares y me hizo leer un artículo. Me tomó una prueba de cinco o seis minutos y después me dijo: “sos el conductor de un programa”. El primer día, el día del debut, llegué a la radio y estaba Ricky Figueroa como operador técnico. “Señor, ¿qué busca?” me preguntó. Le respondí que era el… (hace una pausa) conductor del programa. (Sonriendo abiertamente) ¡Esas cosas lindas de la vida! Ahí, me enamoré de la profesión de locutor. Recuerdo que, al finalizar cada programa, me despedía de la audiencia diciendo “Los quiero mucho”. Algunas veces me olvidaba del saludo de despedida, iba cruzando la plaza, me acordaba y me volvía a decir “Los quiero mucho”. 

  -¿Alguien que haya influido mucho en tu carrera radial?
  -Alberto Avellaneda. Resulta que un día tuve un problema con el “Mago” (Norberto) Favre, que era uno de los dueños de Radio Frontera, y me tuve que ir.  Una vez venía caminando, cabizbajo, y pasaba por el bar Richmond. Ahí estaba este señor de barba y fumando en pipa y me preguntó si yo era Ridulfo. Le contesté que sí y me invitó a tomar un café. Me contó que se había enterado que me había quedado sin trabajo y, de una, me ofreció trabajar en el multimedio de calle Sarmiento. Tuve la sensación esa que tienen los jugadores cuando pasan a jugar en un equipo grande, sin desmerecer a otras emisoras, entre ellas FM Catamarca. Sentí que definitivamente se me había despertado la vocación periodística y esta era una gran oportunidad.

  -¿Has tenido muchas piedras en el camino o todo lo recorrido se pudo hacer sin inconvenientes?
  -Sería muy tonto de mi parte decir que me encontré con trabas en mi camino. Por el contrario: me sentí mimado en esta profesión. De pronto me fui ganando la amistad y la confianza de los directores o conductores de los medios. Me pasó con Eduardo Molas, a quien ya conocía del barrio; me pasó con Avellaneda, con Carlos Javier Bravo. Carlos Javier, ¡un tipazo! Le debo gran parte de mi carrera. Alguien que te hacía laburar y te enseñaba. Vos lo escuchabas conducir un programa o simplemente hablar por radio a Bravo y sinceramente después te daba vergüenza  usar el micrófono. ¡Un gran profesional! Recuerdo que hacíamos un programa con Luis Yacante y Bravo nos “bajaba la caña” seguido. Los compañeros nos advertían: “lleven shampo y toalla, ahí los espera Bravo”. Se enojaba mucho cuando las cosas no salían bien. Un día me preguntó: “decime, ¿qué querés que haga con vos?”. Lo que pasaba era que con Luisito éramos un poco noctámbulos, nos gustaba andar  la noche. Entonces, Carlos Javier, hay que admitirlo, es como que nos enseñó y nos cuidó la carrera. Seguro que no nos iba a poner en un programa a las siete de la mañana…

  -¿En qué lugar te sientes más cómodo haciendo periodismo: deporte, folclore, política o información general?
  -La verdad, hice de todo. Estuve 16 años trabajando en la cobertura de toda la actividad legislativa, también un tiempo en el Concejo Deliberante. Recuerdo que empecé haciendo policiales y judiciales. Y aprovecho esta oportunidad para referirme a algunos tontos, de esos que nunca faltan, que creen que porque conducen un programa radial son más inteligentes y más pícaros que el que está en la calle y lo tratan de “movilero” de manera peyorativo. Ignoran que ese movilero, el periodista de calle, es el que está cara a cara con la información; vive codo a codo con los acontecimientos. Considero que a mí me tocó una época brillante, porque había mucho trabajo, estábamos en constante actividad. Considero que a nosotros nos dieron un gran espaldarazo las marchas del silencio, porque nosotros nos metimos en las marchas. Claro que eso nos costó muchos dolores de cabeza, porque nos tildaban de antisaadistas cuando Ramón Saadi, por esos años, era prácticamente el “dueño” de la provincia. No fue fácil aquello, ni para el medio ni para los periodistas. Claro que no fue fácil. Que no se tome como un gesto de soberbia eso de que “hice de todo” como si lo supiera todo; no, para nada. En esta profesión todos los días se aprende algo. Me tocó estar en un medio donde los conductores confiaban en que yo podía realizar las tareas encomendadas. Por ejemplo, cuando llega el Poncho me mandaban a realizar la cobertura porque tenía un programa de folclore (“El canto de mi gente”) y conozco a los personajes del ambiente. Creo que me moví demasiado para ganarme un lugar en la profesión. Cuando había que hacer una cobertura deportiva también tenía la responsabilidad de cumplir con mi tarea. Me tocó además escribir “Domingo a domingo” en el diario, lo que me sirvió de enorme experiencia al entrevistar a muchos personajes. Algunas historias de vida fueron muy interesantes.

  -Tu relato indica claramente que sos feliz con lo que hacés.
  -¡Sí! No tengas ninguna duda. Hoy mismo, a pesar de alguna enfermedad, soy feliz. Soy muy feliz cuando me pongo los auriculares y hago mi programa de radio. Soy feliz cuando ocupo mi espacio en la “tele”, me divierto porque hay chicos jóvenes que me vuelven a mi juventud. Soy feliz cuando me saluda la gente en la calle. Esas son cosas gratificantes, es algo así como el combustible que me motoriza a seguir adelante. A seguir vivo, nada más y nada menos. Tengo las mismas ganas de aquél que llegó a Radio Frontera por primera vez. Esta es mi vida. Y gracias a Dios pude tener mi familia. Tengo cuatro hijos y es muy grande el reconocimiento que tengo hacia las madres de mis hijos. No soy de aquellos que hablan de fracaso cuando se divorcian. ¡De qué fracaso me hablan! Soy feliz porque tengo unos hermosos hijos de esas uniones. Uno se puede separar de la mamá, pero los hijos quedan para siempre. Te cuento: los domingos, en la casa de mi mami, nos reunimos todos: Cristina (mamá de Diego y Grisel), Carmen (mamá de Lucas) y Alejandra (mamá de Lucía), más mi vieja y mi hermano. Una gran felicidad.

  -¿Algún acontecimiento que te haya impactado de manera especial en tu carrera?
  -El caso Morales, indudablemente. Creo que nos marcó a muchos. Viajo seguido a Buenos Aires y una vez me encontré con el gallego (Antonio Fernández) Llorente, Tony, y me dijo de una: “¿tenés idea del momento histórico que vivimos con el caso Morales? La explosión social que cubrimos en Catamarca no se va a repetir jamás en el país”. ¡Cómo no nos iba a marcar ese caso! Y es más: todavía, por distintas razones, el caso te pasa algunas facturas. Aún hoy algunos personajes que estaban en aquél gobierno de (Ramón) Saadi no se olvidan y te lo hacen saber de alguna manera. Ha quedado mucho resentimiento por ahí. Algunas torpezas también.

  -Sos un hombre estrechamente ligado al deporte catamarqueño, de manera especial al fútbol. ¿Qué hay que hacer, a tu juicio,  con el estadio Bicentenario?


  -Muy sencillo: hay que darle vida. No está todo infectado en lo que se refiere al estadio Bicentenario; lo conozco bien porque fui a muchas coberturas. Al estadio hay que arreglarlo porque es una obra de todos los catamarqueños. Por ese estadio, al que llamaron “El coloso de la montaña”, nos hicimos querer y conocer a nivel deportivo en el país cuando venían Boca, River y otros grandes. De pronto, retrocedimos un montón de años y volvimos a jugar en la Liga Catamarca, una cancha obsoleta que está hecha pomada. Con la pérdida del Bicentenario hemos retrocedido. Le creo a (Raúl) Jalil, electo gobernador, cuando hace mucho tiempo dijo que había que arreglar y volver a abrir el estadio. Confío en que va a cumplir con su palabra. Pero ojo: usarlo, darle vida permanente, que no solamente sirva para partidos de la Copa Argentina. Se pueden hacer muchas cosas en el Bicentenario.

  -Tu opinión sobre el nivel del periodismo catamarqueño.
  -Es bueno, pero podría ser mejor. Hay quienes se esfuerzan por mejorar día a día, otros no tanto. Pero hay un valioso material humano que algunos medios, o empresarios o directivos no saben aprovecharlo en plenitud.

Su admiración por Raúl Alfonsín

-Nombres y apellido: Juan Carlos Ridulfo.
-Hijos: Diego, Grisel, Lucas y Lucía.
-Nietos: Tobías y Victoria.
-Padres: Irene Salgado y Pedro Matías Ridulfo (“¡Bailarín espectacular, a los 84 años!”)
   -Hermano: Julio César (“Ischia, en el ambiente deportivo”)
  -Barrio: El Mástil (“Mi barrio. Siempre vuelvo. Paso por los Reartes y es como encontrarte con los sabores del barrio”).
  -Un personaje que admira: “Raúl Ricardo Alfonsín. Un gran político. Alguien despojado de odios, de maldades. Un tipo decente a quien no lo andan escarbando para nada. Un símbolo de esa felicidad que significó para los argentinos volver a vivir en democracia. Sin lugar: Alfonsín.”
  -Amigos: “No tengo muchos. Los verdaderos amigos son contados con los dedos de la mano. Tengo un gran amigo: el Flaco (Luis) Yacante. Compartimos radio y muchas cosas importantes en mi vida.
  -Escuelas: Padre Ramón de la Quintana, la ENET N° 1 (“Un tiempo nomás, porque me echaron. Era algo vagoneta”), Normal Fray Mamerto Esquiú y, finalmente, Colegio Nacional.

  -Deporte: “El fútbol, claro. Llegué a jugar en las inferiores de Atlanta. Aquí también jugué en las inferiores de Juventud Unida de Santa Rosa con changos que después se destacaron en primera: El Panza Farías, Jorgito Rodríguez, Carlos Chacur, los Reartes.
  -Un club: “¡River, soy gallina hasta la médula!”
  -Festivales folclóricos de Catamarca: “Son aburridos. Muy repetitivos. Me tocó cubrir Cosquín, Jesús María y casi todos los festivales de Catamarca. Me aburrí. No me banco estar sentado viendo a 20 o 30 tipos cantar. Al festival hay que ir a disfrutarlo y no tener que aguantarlo.”
  -Un artista local: “Emilio Morales. Es nuestro, tiene nuestra tonada y le canta a Catamarca. Además, un gran laburante, lucha y se gana la moneda.”
 

50%
Satisfacción
16%
Esperanza
0%
Bronca
0%
Tristeza
0%
Incertidumbre
33%
Indiferencia

Comentarios

10/11/2019 | 13:46
#0
se juntaron las viudas del FCS jajajajajaj salud muchachos

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