Religiosas

Costumbres del Venerable Esquiú

En el afán de mostrar distintas facetas de la vida y obra del Venerable Fray Mamerto Esquiú, el profesor Mario Daniel Vera nos ofrece una nueva columna. En este caso refleja las costumbres características del fraile catamarqueño.
domingo, 3 de marzo de 2019 00:50
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Trabajo constante y excesivo, comida frugal, unas tazas de café o mate cebado para amenizar sus jornadas de estudio, un buen cigarro como todo buen criollo, su sueño pesado y su infaltable siesta cuando sus labores se lo permitían sumado a la transparencia en el manejo del dinero caracterizaron al hombre más virtuoso que diera nuestro país. 

Sueño pesado y siesta provinciana
Siendo niño, en el convento franciscano de Catamarca. “Tenía el sueño pesado. Rogaba al hermano encargado de despertar a los novicios, mediante un toque de campana, que le quitase la almohada bruscamente, eficaz manera de obligarle a abrir los ojos” (Manuel Gálvez. La vida de Fray Mamerto Esquiú. Ediciones Cóndor, Buenos Aires, 1933. Pág. 30). 


Varios años después, ya siendo sacerdote y “un Padre muy respetado de la comunidad, pedía eso mismo a los hermanos legos, que lo practicaban diariamente con el único designio de complacerlo. Así lo hemos oído referir al viejo y virtuoso hermano lego, fray Miguel Morales, que afirmaba haberlo practicado muchas veces, –haberle sacado la almohada- a pedido del Padre Esquiú” (Luis Córdoba. El Padre Esquiú. E. G. Pereyra, Córdoba, 1926, pág. 52). 


 A sus cincuenta años, estando en el convento franciscano de Jerusalén, casi todas las madrugadas. “El hermano José llegaba a la puerta de Fray Mamerto y golpeaba. Después entraba, porque el Padre tenía el sueño pesado. ¡Las cuatro y media!, rezongaba en italiano. Fray Mamerto era uno de los Padres que daba más trabajo para despertarse” (Manuel Gálvez. Op. Cit. pág. 120).


Fray Mamerto encendía la lámpara. A veces no tenía que molestarse, pues quedaba encendida toda la noche. Cuando al abrir los ojos veía la luz, se reprochaba su descuido “porque se opone a la virtud de la santa pobreza”. Se dejaba estar diez minutos, veinte; por excepción, media hora, cuando había dormido mal o había estado enfermo. En su Diario de Recuerdos y Memorias escribió: “Me recuerdo al tiempo oportuno de dejar la cama; y, sin embargo, me dejo estar, fumo y aun busco un sueño no necesario; y con todo que veía la necesidad de sacudir esta pereza, asesina de todo bien y puerta anchísima de todo mal”. 


Lejos estamos de pensar que el Padre Esquiú era perezoso. El exceso de trabajo que tuvo siempre y las largas vigilias dedicadas al estudio y a la oración; además luego de acostarse leía y escribía hasta altas horas de la noche y tenía la costumbre de despertarse a las cuatro y media de la mañana. Entonces su cuerpo siempre estaba ansioso de dormir y descansar un momento más. Esta era una de las formas de mortificarse que tenía el Padre Esquiú. Si no estaba trabajando antes de las seis de la mañana, se acusaba de no saber estimar el valor del tiempo. En las páginas de su Diario de Recuerdos y Memorias hay una gran cantidad de reproches hacia sí mismo, por este motivo. 


“Mientras se vestía, rezaba siempre algo; el himno Jesu Corona Virginum, o el Salmo De Profundis, o el Ave regina coelorum, o el Ave Maris Stella. Vestido, se arrodillaba y rezaba. Como buen provinciano no perdía su siesta. Aparte de que levantaba a las cuatro; en plena noche puede decirse. Antes y después de dormir, leía y escribía. A veces, se reprochaba la longitud de su sueño” (Manuel Gálvez, págs. 123 y 128).

Frugales comidas
Siendo obispo de Córdoba “sus comidas eran de una extraordinaria parquedad. Se desayunaba con una simple taza de café. El almuerzo consistía en locro, otro plato y postre. A la noche, se comía un puchero pobre: una sopera de caldo con pedacitos de carne. Con alguna insignificante variedad, esta era la alimentación del Padre. En Catamarca y en Bolivia tomaba mate. Lo que no abandonó nunca fue el fumar, el “pitar”, como decía” (Manuel Gálvez, pág. 182).


El célebre franciscano Luis Córdoba, quien en 1926 escribió una excelente biografía del Padre Esquiú, nos dice: “Su comida ordinaria era generalmente un solo plato; y si alguna vez, debilitado en demasía por las continuas vigilias y, sobre todo, por los trabajos excesivos, se permitía tomar algo más que lo acostumbrado, repetía el plato, pero no agregaba otra vianda. Así nos lo ha referido el P. Solano Cuello que, antes de ser sacerdote, estuvo mucho tiempo con el Obispo Esquiú, fue su criado de confianza y como tal le preparaba y le servía la comida y le arreglaba el escritorio” (Luis Córdoba. Op. Cit, pág. 255).

Café bien negro y un buen cigarro
 “Terminada la misa de la mañana y después de dedicar un largo rato a la acción de gracias pasaba el prelado a su celdilla de trabajo donde se le servía un pocillo de café negro que bebía a sorbos mientras armaba un cigarro de chala, y abría unas cartas de la correspondencia” (José Antonio Cambria. Un santo camina en la Villa. Pág. 153).


Como buen criollo catamarqueño Fray Mamerto Esquiú tenía la costumbre de “pitar” un cigarro. Su hermano Odorico Antonio, sabiendo que iba a permanecer más de un año en Tierra Santa, le envió una caja de cigarros para que Mamerto dispusiera de ellos durante su ausencia del país. También don José María Cullen le regaló una caja de cigarros. Estando en la ciudad de Montevideo, en su Diario de Recuerdos y Memorias, el 14 de abril de 1876, expresó: “Hoy he recibido una carta y ayer un telegrama del inestimable don José María Cullen, desde Buenos Aires, dándome aviso de haber conseguido de los señores Ministros Irigoyen e Iriondo, pasaje gratuito para el pobre Luis Panicia y para mí. Está empeñado, por causa de su buen corazón, en mandarme un cajoncito de cigarrillos”. (Francisco Castellanos Esquiú. Fray Mamerto Esquiú. Bosquejo biográfico. Buenos Aires, 1955, pág. 181). Días después, recibió la caja de cigarros, de manos del Capitán del vapor Villa del Salto. 

Honestidad y Transparencia
Fray Mamerto Esquiú al iniciar el último viaje de su vida, aquel 28 de diciembre de 1882, mientras iba en el vagón de segunda clase del tren que lo llevaba a la estación Recreo, le dijo a su secretario, el presbítero Pedro Anglada: “Yo no puedo darme lujos porque este dinero no es mío, es de los pobres”  (Francisco Castellanos Esquiú, pág. 230). Así actuó toda su vida con los dineros públicos. En sus cartas oficiales y en sus papeles privados hay abundantes informes donde da un minucioso detalle de sus gastos; anotaba cada centavo que recibía en las diversas colectas, ya sea en Catamarca, en la ciudad de Paraná o en Bolivia, donde tuvo la tarea de juntar dinero en la ciudad de La Paz para el Óbolo de San Pedro, con tanta eficiencia y minuciosidad que recibió una carta del Papa Pío IX, felicitándolo por su labor. 


En su Diario de Recuerdos y Memorias hay una gran cantidad de entradas donde el Padre Esquiú anota los precios de todos los libros que compró en su viaje por Roma y Tierra Santa, discriminando los que son para el convento franciscano de Catamarca y los libros personales. Será Fray Mamerto Esquiú quien, en su carácter de diputado por el departamento Valle Viejo, en la sesión del 14 de noviembre de 1859, defenderá uno de los derechos esenciales del pueblo “el de enterarse detalladamente de la administración de los dineros públicos” (Juan Carlos Rodríguez. La vida cívica de Fray Mamerto Esquiú, pág. 132).

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