Desde la bancada periodística

Al gobierno le fue mal. A la oposición, peor

sábado, 9 de diciembre de 2017 00:00
sábado, 9 de diciembre de 2017 00:00

No hace más de una semana, en alusión a la elección de autoridades de la cámara de Diputados, afirmábamos que la gobernadora de Catamarca apostaba a la unidad partidaria. Era su prioridad, atenta a su condición de presidenta del PJ.

Agregábamos, sin embargo, que no iba ser a cualquier precio.

La predicción, digamos que no se cumplió ciento por ciento. Es que el peronismo parece unido, pero en rigor de verdad no lo está.

 

La ley del mal menor

Si tenemos en cuenta que el gobierno de Lucía Corpacci ganó las elecciones de 2011, 2015 y 2017 y, por apenas 1.000 votos, perdió las de 2013 en la categoría diputado provincial, claramente se merecía conducir la Cámara e imponer el presidente de sus preferencias que, hasta la noche del miércoles, no era otro que Ricardo Aredes, el ordenado y eficiente exministro de Economía que pasó a cumplir funciones en territorios legislativos.


Fernando Jalil, el nuevo presidente, también se alinea dentro del peronismo y capturó la banca, por dos veces, con la boleta del Frente para la Victoria (marca registrada de Cristina Kirchner), pero ha tenido conductas, a lo largo de seis años, alejadas de todo compromiso ideológico y hasta tres meses atrás, junto a sus compañeros de ruta, despotricó contra el gobierno local, contra la gobernadora e intentó ir a elecciones por afuera de la estructura oficial. 

Se trata, esta última, de una situación que el peronismo no olvida, toda vez que esta clase de fractura suele favorecer al adversario. Ocurrió en el apogeo del Frente Cívico, cuando los militantes perucas comprobaban la dureza de la calle. 

¿Habrá pensado Fernando en esa gente con gestos de amargura y rostros sudorosos? ¿Habrá sufrido las mismas consecuencias o siguió funcionando como empresario exitoso que lo es?

A favor de Jalil, aunque a un pedazo del peronismo le disguste, hay que reconocerle su capacidad para negociar política a través del senador Jorge Moreno, materia gris del grupo comparado, por El Ancasti, con los fenicios de la antigüedad.

El jueves se jugaron todo. Era tomar la presidencia o enfrentarse con el abismo. Digan lo que digan, desde este escriba hasta el último de sus críticos, ganaron y los triunfos no se discuten. Se reconocen.

Como lo hizo Lucía Corpacci, en el atardecer del día jueves, al recibir en su despacho al bendecido por 25 de 41 votos. 

No somos exégetas de la gobernadora, pero estamos convencidos que, en ese momento, habrá pensado que se consiguió el mal menor que, por ahora, sirve para mostrar al PJ como si estuviera unido.

El tiempo que vendrá, a la sazón, expresará el significado de esta elección que ganó el Jalil diputado. Recién entonces tendremos el veredicto definitivo.

 

El dolor de ya no ser

Si la elección del 22 de octubre había devuelto sonrisas y esperanzas a la oposición, por la excelente elección en departamentos importantes como Capital, Belén, Santa María y Andalgalá, la sesión del jueves la volvió a enfrentar con la realidad, enmarcada por la desazón, el desconcierto y su virtual atomización, un problema mucho más grave que perder una elección o una votación.

Es que así como el gobierno tuvo una victoria pírrica, por no haber conseguido imponer el candidato de sus preferencias, el Frente Cívico-Cambiemos terminó en situación de catástrofe y envuelto en controversias de las que será difícil regresar.

Desde hace largo tiempo, casi como un estribillo, señalamos que la interna le podía jugar una mala pasada a la oposición. Y sucedió nomás. Todas sus negociaciones, puertas adentro y puertas afuera, se derrumbaron.

No consiguieron ni un miserable cargo y, lo más dramático, perderán los que habían logrado con el acuerdo 2013 con el barrionuevismo, integrado hoy –vía Marcelo Rivera- al gobierno de Corpacci.

Vamos punto por punto. La derrota mayor, aparte de las electorales, le pertenece a los sectores que responden a los legisladores Oscar Castillo y Eduardo Brizuela del Moral. Fueron los que coquetearon, fundamentalmente el primero, con los peronistas rebeldes.

En un momento parecían tener todo arreglado con la dupla Jalil-Moreno. Fue cuando repararon que varios correligionarios y el PRO no los iban a acompañar. Resultado final: aparte de ser funcionales a propósitos ajenos, terminaron como forros de un peronismo acostumbrado a jugar en los límites de la extorsión y la impudicia.

Pero, aparte, hubo otras cosas para que esta oposición explotara en pedazos y pedacitos.

El castillismo y el brizuelismo decadentes odian, con demasiada fuerza, al diputado Carlos Molina (PRO), que era el único del variopinto bloque de Cambiemos que, en acuerdo con el gobierno, tenía chances de ir por la presidencia o un cargo de rango menor. Preferían a cualquiera, menos a Molina.

Este último tampoco profesa amores a quienes en 2015, con maniobras de sesgo castillista, pretendieron quitarle la banca para cedérsela al gremialista Hugo Melo.

Sin embargo, en las conversaciones con los voceros gubernamentales, tensó la cuerda más allá de lo aconsejable. Se aferró a su pretensión de que le levanten la mano y despreció el premio consuelo, que algo de poder le otorgaba.

Las cuitas radicales y del otrora exitoso Frente Cívico, refieren también la inoportuna aparición de Oscar Castillo, en la última semana, levantando exabruptos intolerables contra una figura nueva y promisoria como el médico Roberto Gómez, al que trató de “pelotudo”, un piropo más suave que el de “hijo de puta”, con el que encasilló a un militante que respondía a sus propios intereses. Para muchos, fue el desencadenante de una diáspora ya incontrolable.

Si la situación interna de Cambiemos era difícil y estaba disimulada por los números en repunte de octubre, lo repetimos, ahora es grave a extremos demasiado peligrosos.

Cada dos de sus legisladores en la cámara baja, donde tiene la representación oficial (en el Senado, con apenas tres miembros, hará las veces de partenaire hasta finales de 2019), uno es disidente de algo o de alguien.

Anotemos por las dudas: Marita Colombo, Lobo Vergara y “Gato” Luna (castillistas); Rubén Herrera, Rodríguez Calascibetta y Jorge Sosa (brizuelistas); Alejandra Pons (Jalilista), Genaro Contreras y Humberto Valdez (librepensadores), Analía Brizuela (disidente con bloque propio cercana al gobierno); Juana Fernández (Morada), Marisa Nóblega (NEO), Rubén Manzi (Coalición Cívica), Carlos Molina y Enrique Cesarini (PRO), Paola Bazán, Francisco Monti y Carlos Marsilli (APRA).


Ahora vienen las extraordinarias y, en ellas, el tratamiento del presupuesto que, posiblemente, se apruebe sin sobresaltos. Así termina el año legislativo, con un gran ganador y un gran perdedor.

En el medio quedó el gobierno, al que le queda su poder de fuego, nunca despreciable.

 

El Esquiú.com
 

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Comentarios

9/12/2017 | 11:23
#2
Es muy bueno el análisis, es cierto que el frente civico- cambiemos ha tenido posiblemente la derrota más dura desde que está lucía, pero lo que no ve es la jugada de ajedrez que hizo la gobernadora para poner en jaque a los boinas blancas cambiemos. Ya que logró la unión del peronismo, recuperó cargos para los peronistas, y le va a permitir por dos años gobernar con la mayoría en las dos cámaras y quien sabe seguir después de 2019.
9/12/2017 | 01:30
#1
OSCAR CASTILLO SIGUE JODIENDO !!!??? JAJAJAJAJAJAJAJ QUE BIEN LE HACE A LUCIA !!!!!

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