Desde la bancada periodística

Tiembla la Argentina; tiembla Catamarca

De alguna manera, los fundamentalistas anti Macri –los hay en proporciones parecidas a los anti K- no dejan de saborear como un triunfo que el rumbo de la economía argentina sea mucho más incierto que hace tres años o que hayan reaparecido los fantasmas del pasado trágico que dejó el 2001 cuando, por primera vez desde la restauración democrática, la gente pidió que se vayan todos. 

Aquel mensaje era más contundente: que se fueran, en el mismo barco, los radicales que empantanaron al país y los peronistas que le agregaron combustible al infierno de aquellos días.

Sin embargo, por suerte digamos, estamos a buena distancia de aquel escenario. ¡Y nadie piense que un nuevo fracaso va a favorecer a alguien! Cuando un país colapsa, mal que les pese a los enemigos del gobierno que sea y esté de turno, perdemos todos y, fundamentalmente, los más vulnerables.

En orden a las analogías, la relación vale para los Estados. Si la Nación se bambolea, el costo no será gratis para las provincias y los municipios.

Sus economías, irremediablemente, van a crujir. Esa es otra enseñanza del 2001, fenómeno que Catamarca lo sufrió en carnes propias.

 

Las malas noticias de la crisis

Las pantallas televisivas porteñas, desde hace más una semana, repiquetean malas nuevas, todas funestas para la República. 

La síntesis noticiosa, sin discusión, lleva a una conclusión.

Que lo consideren el país más frágil del mundo para resistir turbulencias económicas, significa que Argentina está en crisis. Si le agregamos que el mundo entero, a través de los voceros informativos, habla de la referida fragilidad, hay que recontra afirmar que atravesamos una crisis en serio.

Que se haya apelado al Fondo Monetario Internacional (FMI), por último, eleva la temperatura del enfermo. Es que el FMI, una sigla que los argentinos conocen por los daños que supo provocar, no nos va a prestar dinero gratuitamente. Hay que firmarle pagarés, entregarle todas las garantías y, por si no faltaren exigencias, aceptar que nos controlen hasta los gastos de supervivencia. ¿Se entiende no? Ni los usureros que arreglan las cuentas a punta de pistola parecen tan severos.

Por lo pronto, antes que los emisarios locales fueron a los Estados Unidos a resignar pedazos de soberanía, recibimos el primer aviso: el gobierno nacional, para disminuir su déficit fiscal, va a contraer la economía.

Esto es, se ahorrará en lo queda del año 3.000 millones de pesos correspondientes a la obra pública. Si a este dato le sumamos que, aún sin que saltara el escándalo, ya se habían dispuesto recortes, fácilmente se concluye que el ajuste tomará una velocidad que no sabemos si será precisamente gradualismo. Ojalá nos equivoquemos con nuestras sospechas.

Otros temidos augurios, justo con la recomposición de las relaciones con el FMI, se hicieron realidad y llevaron preocupación a las autoridades catamarqueñas. El sector textil, entre las fábricas Alpargatas y Calzados Catamarca suspendieron, en principio por una semana, a unos 400 empleados.

La cifra, tratándose de “Catamarquita”, espanta. Pero lo que dijo el gremialista de esos trabajadores, extiende las angustias de sus familias.

“Antes se hacían 5.000 pares de calzado por día. Hoy apenas 100. Es que no se está vendiendo nada”, indicó Jorge González, con un añadido que paraliza: “Esto es muy triste. Uno se siente atado de pies y manos. No estamos buscando mantener la fuente laboral. Estamos buscando que la gente se lleve la plata que le corresponde por ley, pero sabemos muy bien que se queda sin trabajo”.

 

“El pasado que vuelve”

Por las dudas algún comprovinciano se alegre por las penas ajenas o piense que los efectos del caos no van a llegar a estas latitudes, simplemente le recordamos lo que fue en la provincia aquel 2001 tan temido.

Aparte de la rebaja del 13% a los jubilados y a los empleados públicos, dispuesta por la exministra de Trabajo (Patricia Bullrich), la obra pública, que no era ni siquiera ponderable, desapareció de los presupuestos y la desocupación creció a ritmo de vértigo.

El gobernador de aquella época era Oscar Castillo. Aunque fue uno de los artífices de la campaña de Fernando de la Rúa, el presidente derrocado, hay que aceptar que le tocó transitar el período más nefasto de la historia económica del país en los últimos 50 años. Hizo hasta lo imposible por mantener la paz social.

Lo logró y terminó el mandato en 2003, pero nunca pudo remontar la desdibujada imagen que le dejó aquella gobernación plagada de contratiempos políticos y económicos. Por ello, y no por otra cosa, no fue por la reelección.

Hoy, lo repetimos, tenemos un presente distinto. Catamarca creció en los últimos seis años y, con la ayuda del kirchnerismo, alcanzó un desarrollo apreciable, aunque nunca dejó de ser una provincia dependiente del poder central y al presente, con un gobierno central de signo contrario, lo es más que nunca.

 

Tarifas y política

En medio de las turbulencias económicas, que apuraron el pedido de auxilio al Fondo Monetario, durante la semana se jugó un capítulo estrictamente político que dejó nuevas heridas entre oficialismo y oposición.

En la cámara baja del Congreso Nacional se trató la ley para retrotraer las tarifas a noviembre de 2017 y, a partir de allí, establecer los aumentos en paralelo al crecimiento de los sueldos y el costo de vida.

Los legisladores catamarqueños, expuestos a cada nada a elegir entre las necesidades del pueblo y las exigencias de un ministerio del Interior que clama por comprensión, esta vez votaron pensando en su propio pellejo. 

En diciembre –salvo Verónica Mercado- habían contribuido al recorte a los jubilados. El miércoles, a riesgo de ser juzgados como traidores de causas populares, optaron por derrocar el tarifazo. Así se expresaron Gustavo Saadi, Silvana Ginochio y la nombrada Verónica Mercado.

Orieta Vera, como gran parte de la Coalición Cívica, estuvo ausente a la hora de la verdad y el único que levantó la mano y avaló el aumento de los servicios públicos fue el exgobernador Eduardo Brizuela del Moral. Pagó el costo –y lo pagará durante mucho tiempo- de lo que llaman disciplina partidaria.

Los últimos días de 2017 fueron dramáticos. El Congreso sesionó con la gente rodeando el histórico edificio y controlada por los ejércitos de la seguridad. 

La primera semana de mayo de este 2018 no hubo menos tensión. 

Los capítulos por venir, por añadidura, no preanuncian tiempos de sosiego. El país tiembla y las provincias no son ajenas a esos temblores.

Conforman el país. Lo deben saber, aunque resulte obvio, todos los catamarqueños.

 

El Esquiú.com
 

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